
El suplemento cultural Laberinto publicó una parte de las memorias de Esther Seligson y un emotivo texto de su amigo, discípulo y editor Geney Beltrán. Va un fragmento del fragmento publicado de sus memorias:
Más que sentarme en las terrazas de los cafés, como lo hice en Madrid o en Jerusalem, en Lisboa me dediqué a callejear, a recorrer museos, parques, iglesias —me dio por encenderle una veladora a Adrián, amén de las rituales en Os Tibetanos, hasta la noche en que soñé me atajaba las manos con sus manos por detrás de mi espalda, y con voz clara y suave susurró que ya no era menester: “estoy en la Luz” —, a husmear en los portales, en las ruinas, las tiendas de viejo, libros, anticuarios, pinturas religiosas, no porque fuese yo a adquirir nada (bueno, libros sí), sino para empaparme de esa saudade que trasuda todo en Portugal y todo Portugal, esa tierra de azulejos y matices suaves apastelados, congojosas canciones y nostalgias intraducibles añejadas en no olvidados tiempos de grandes hazañas y conquistas aún presentes por donde uno se meta. Me llamó siempre la atención la poca tolerancia de los lisboetas en general hacia los habitantes de sus ex colonias, de modo que mencionar la Praça de Figueira y los alrededores —lugar de concentración y encuentro de africanos, así denominados en bulto, lo que es un contrasentido viendo las diferencias entre los grupos, de tono de piel, de formas de vestir, de gesticular—, provocaba el cese de la conversa, que no era el caso cuando surgía la insuperable enemistad hacia los españoles, motivo que la alargaba dando pie a desahogos vicarios, para mí harto divertidos tomando en cuenta mi debilidad por España y lo español, lo cual no disminuyó un ápice mi adhesión incondicional a la literatura, el idioma, el folclor y eso que llaman la “idiosincrasia portuguesa”. Era ver a los españoles, ya no desde la óptica del mexicano resentido, sino desde la en su momento ocupada y no menos resentida Portugal y su pessoano desasosiego, su desgüance nacional, sus pegajosos fados. Caminar por Lisboa tuvo un sentido muy diferente al de mis deambulares por Jerusalem, en particular por tratarse de una ciudad católica, lo que hace la enorme diferencia y de ahí la de pronto tan proustiana secuela de rememoraciones que me salían al paso en las visitas a las iglesias, los días navideños y su profusión de adornos y luces, los de la Semana Santa y las fiestas de los innumerables santos locales. Y no eran únicamente recuerdos de infancia en las calles de Corregidora y Correo Mayor, el Zócalo, los olores a cera y pabilo quemado, a buñuelos, el peculiar arreglo de los aparadores comerciales; eran también el crujir de unos desvencijados escalones de madera cuando había que ir a buscar las casi inexistentes cintas para la Lettera en anacrónicos edificios y sus no menos añosos despachos idénticos al de mi tío Max, o al taller de costura de mi abuela, los altísimos techos de nuestro salón de clase con el piso de desgastadas duelas rechinonas, la calma chicha de algunos domingos de lluvia torrencial tras los gastados vidrios; eran tardes con sabor y luz a las del mítico estudio en Cuautla 22, la vaga euforia de felicidad latente por llegar, de libertad, de espacio para abrir las alas, la sensación de que algo, un a punto de, quedó irrealizado, la certeza de que ahí se cortó el hilo y dio inicio otro carrete totalmente imprevisto, errado… Por qué Lisboa me devolvía tan vívidos esos sentimientos, no lo sé, sólo se me ocurre pensar en el Amarcord felliniano. Tampoco supe por qué ahí soñé sueños únicos sobre otras vidas que me resultaban familiares (así surgieron “El cementerio” y “La pared de enfrente”) como cada nuevo viejo rincón descubierto, o ese encuentro con Palmira García Coelho a las puertas de São Domingos, la gigantesca iglesia que el temblor de 1775 dejó en pie pero completamente desnuda de capillas, emplomados y revestimientos. Palmira pedía limosna, un poco separada de los otros mendigos y con una dignidad en el porte que me hizo buscarle directo los ojos, para mi sorpresa verdiazules como los de mi madre. Ella me sostuvo la mirada y con un gesto ligero me invitó a sentarme a su lado en el banquillo portátil. —Tú te llamas Raquel —Ése es mi segundo nombre, me llamo Esther— Entonces eres judía como yo, aunque procedo de familia conversa. ¿De dónde vienes? —Soy mexicana— ¿Eres artista? —Escritora— Pues no vayas a escribir sobre mí porque hoy te platico y a lo mejor otro día ni siquiera te saludo. Yo no miento, sólo omito. ¿Por qué tengo que decir dónde vivo, o hablar de mi vida? Allá en mi barrio sigo siendo Dona Palmira, y si mi hijo, hijo único hoy con cincuenta años encima, se entera de que pido limosna, me mata, a pesar de que, gracias a Dios salvo el departamento que es mío, me quitó el dinero y lo que pudo; cocaína, el medio ambiente ya sabes, él era modelo, guapísimo, lo echó a perder. Yo fui actriz y vestuarista en el Teatro Dona María, sí, ése que ves ahí, ya te traeré fotos para que veas lo hermosa que era yo, y rica, tuve coches, pieles, joyas, conocí África, Brasil, Londres, con decirte que a veces viajaba ida y vuelta sólo para comer en el Maxim’s en París, sí, me trataban como a una reina, y reina me sentía, ¿por qué no si mi trabajo me costaron la fama y el prestigio? A mí nadie me regaló nada, y ahora, ya me ves, a mis setenta años, me quito la prótesis dental cuando vengo aquí, no me quejo, pido para pagar la luz, el gas, para comer, pero sí me daría vergüenza que alguno de mis conocidos me viera. Tengo asma y muy debilitados los pulmones, así que no vengo a diario, no tengo fuerzas, y para colmo hay que codearse con estos limosneros que son indigentes pero del alma, envidiosos, mira cómo te ven cada que vienes a saludarme, y cómo babean de rabia cuando la gente me entrega un billete para que les rece por un enfermo o por alguien ya difunto, me tienen confianza a mí y no a ellos, miserables lo son de nacencia y para eso no hay remedio. A ti te conocí luego luego en la tristeza, al igual que tú a mí… Palmira hablaba con propiedad el castellano, castizo ceceo y entonación portuguesa. Directa y clara, me recordaba a Magdalena, tenía el don de videncia —Aunque tú ya sabes que más que dádiva resulta maldición porque la gente no quiere saber, y mucho menos tus más cercanos—, era afable con los feligreses que se acercaban a ella pero hermética, y no hacía distingos en lo que le daban. De la concurrida pastelería La Suiça le llevaba yo gajos de fruta glaseada, pasteis de Belém, queijadas de Sintra, lujos glotones, decía, fuera de su presupuesto. Cuando le avisé que me iba a Israel —Escríbeme, y promete que en cuanto vuelvas a Lisboa vendrás a buscarme—, supe que su hijo había estado en Mitzpe Ramon y que el sueño de ella era conocer Jerusalem. Me dio su dirección, el número de teléfono, y aceptó con naturalidad las ropas que no cargué conmigo. Palmira García Coelho, la entrañable mendiga de São Domingos habría de ser la protagonista central de la novela que hace años me ronda sobre las Diosas Madre —“Del otro lado del río, no de éste sino aquél”, título tomado de un poema de Alejandra Pizarnik—, sacerdotisa arquetípica, imagen de La Ciudad resumida en ese portal de entrada a todas las ciudades recapitulación de asedios y destrucciones, Troya mítica, Hiroshima inerme, Casandra imperecedera eternamente infamada. Mantuve el contacto con Palmira durante mi estancia en Ashkelon, o la llamaba o le enviaba postales que ella respondía. La vi en octubre de 2001 cuando regresé a Lisboa para encontrarme con mi hermana. Un año más tarde, el día de mi cumpleaños, Palmira me esperaba a las puertas de São Domingos con una orquídea blanca —Una flor para quien tiene todo, dijo con picardía. Todavía me despedí de ella, previa cita pues me advirtió que ya salía poco a causa del asma recrudecida. Mientras viví en Jerusalem, al principio, sus cariñosas postales fueron constantes como mis llamadas, luego, poco a poco cesaron y no contestó el teléfono. En 2006, de nuevo otoño en Lisboa para recoger los pasos antes de retornarme a México, a las puertas de São Domingos, una de las mendigas me reconoció y sin más soltó, “su amiga falleció no sé cuándo, dos años a lo mejor, usted hace tiempo que no venía”, y extendió la mano. Entré a la iglesia a rezar por ella, a llorar, a encender una veladora y tratar de consolarme de una pérdida más entre las imprescindibles presencias que dan testimonio en mi vida de mi propio existir.
…
Les comparto también algunos párrafos del texto La sonrisa de Esther, escrito por Geney:
En dos horas saldré rumbo al Panteón Israelita. Desde el lunes, incluso antes de recibir la invitación por celular, empecé a escribir estas cuartillas, en mi mente. Pero a la hora del teclado, una y otra vez he venido sintiendo que no es esto lo que quiero, debería, podría decir de Esther. O que todo será poco. Escribí un párrafo:
Una escritora (1941-2010) muere. Hablamos luego entonces de su vida: viajes, lecturas, hijos, alumnos, amoríos y pasiones (la mitología, el teatro, las gemas, el tarot, la astrología, uf: las religiones comparadas, la acupuntura, y siempre el viaje, y en el centro de todo la escritura). ¿Cómo? ¿Disminuirlo todo a un puñado de cuartillas? ¿Rebajar la vida a sólo un orden de palabras? ¿Y qué importancia tiene la vida de un escritor que ya no vive acá? Quiero decir: ¿qué le dirá a quien no la conoció y tal vez tampoco siquiera la ha leído? ¿Para qué un testimonio de amistad y mentorazgo, si lo que hace que los críticos hablen de ella no es la amistad ni el mentorazgo ante pocas o muchas generaciones: sino su escritura?
Hasta ahí el comienzo. Luego venía este párrafo, el elogio que al todavíanolector de sus libros le parecerá sospechoso, exagerado.
Sin embargo, cómo hablar de sus libros. Así, tan de repente. Decir que Esther Seligson es una estilista mayor de la prosa en lengua castellana. Que su obra narrativa un día será puesta al lado de las páginas de Virginia Woolf o Yourcenar o la Lispector. O afirmar que La morada en el tiempo es una de las proezas secretas que ha parido la novela en Hispanoamérica: todo esto, ¿qué? Basta leer cualquier relato de Toda la luz para percatarse: ahí la lengua española entrega capa tras capa de tensión y hondura intimista, una expresividad profunda, cargada de matices y resonancias que va desbordándose hasta obligarnos a ese detenerse que se traduce en: Nadie escribe así. Regresemos, leamos de nueva cuenta este párrafo, esta página, este libro, y los sentidos se concentran al máximo gracias a una escritura ficcional que convoca los sueños, el mito, la emoción, la memoria. No sólo los hechos, no sólo el narrar un incidente tras otro, si no lo que viene después en la sensibilidad del personaje, lo que se suma, a la manera de un eco paciente, en su psique: no lo que sucede (no lo que pasa), sino lo que permanece.
Pero (me dije): no hablar de sus libros, no ahora.
Hablar de su generosidad…
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Elena Poniatowska nos presenta un retrato de Esther Seligson:
Esther Seligson fue definitiva, difícil, rotunda. De ella conservo una imagen inolvidable. Hace años, en un viaje a Israel, en 1982, la vi venir hacia nosotros por el desierto que rodea Massada, envuelta en el halo dorado de la luz que esparce la arena. Una larga falda del color del desierto (Esther no usaba más que faldas largas) la hacía aún más sorprendente. Con su pelo largo ensortijado, sus facciones de asceta, sus largas piernas de caminante, parecía un derviche, una domadora de la naturaleza. De hecho, en esos días tomaba un curso sobre la vida de las plantas en el desierto y cómo hacen para sobrevivir. “Hay cactáceas diminutas –me señaló– que se alimentan del aire”. A todos nos sedujo Esther y a Adolfo Gilly más que a nadie. La Histadrut reunió en Israel a una serie de periodistas: Carlos Monsiváis, Miguel Ángel Granados Chapa, Virgilio Caballero, Adolfo Gilly, la hija de Gregorio Selser, Irene Selser, Javier González Rubio, Froylán López Narváez y su mujer, Arturo Martínez Nateras y su mujer, y otro joven periodista, cuyo nombre no recuerdo. De inmediato, Esther nos invitó a cenar a su casa blanca dentro de la ciudad amurallada. Era la casa de una asceta. Minimalista. Nos sentamos en el suelo. Cuando abrí el refrigerador para ayudarla a servir la cena, vi en un platito cuatro aceitunas negras y en otro un queso diminuto: “¿Es esto lo que nos vas a dar de cenar?” –pregunté aterrada–. “Sí”. “Esther, no alcanza”, “Claro que alcanza”. No sé qué brujería hizo, o a lo mejor nos dio mucho de beber, pero alcanzó. A partir de ese momento me quedé con la idea de que era un ser singular que hacía surgir el agua del desierto y daba vida a las más mínimas especies.
Continúa aquí.