Certificado en Teoría Crítica
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La semana pasada falleció el famoso narrador estadunidense J.D. Salinger. A continuación les comparto algunas ligas interesantes que se han publicado los últimos días.
El aire del “New Yorker”, de Antonio Muñoz.
Salinger: adiós y gracias, de Jorge Anaya.
Adiós a un creador legendario, de Juan Manuel Bordón.
Of teen angst and an author’s alienation, de Michiko Kakutani. (Traducción al castellano del texto de Kakutani en la Revista de libros del diario El Mercurio).
J.D. Salinger o el suicidio en abonos, de José Agustín.
…
Desafortunadamente también murió el escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez. Pueden leerse:
El periodista que no cesó de narrar, de Juan Cruz.
Entre la crónica y la invención de la historia, de Ariel Dorfman.
El registro de la mirada subjetiva, de Matilde Sánchez.
Publicado en OBITUARIO | 2 Comentarios »
Me da gusto comentarles que nuestro amigo Francisco Meza Sánchez (Frank Meza) ganó el nacional Premio de Poesía Clemencia Isaura por su poemario “Memoria de marzo”. Desde aquí van mis más sinceras felicitaciones para Frank y su trabajo poético.
Publicado en PREMIOS | 13 Comentarios »
La editorial Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg publicó el libro María Zambrano: esencia y hermosura, en el que se reúnen 20 cartas inéditas que la filósofa escribió al artista mexicano Juan Soriano, su amigo, y una cuidada selección de esos exquisitos ensayos que Zambrano sabía sumergir en un mar de ideas y de poesía.
En una de las cartas se puede leer este elogio al trabajo de Soriano:
“Cosa de otro mundo, cosas del otro mundo sentí que son las pinturas de Juan Soriano, y que aparecen en éste como una herida. No hay arte que no hiera, porque el arte es como el pensamiento, como la verdad. El signo de la verdad es herir. Lo que es luz viva hiere. Hiere la luz desde por la mañana y, si no es así, será perdido el día”.
Leer la nota aquí.
Publicado en ENSAYO, EPISTOLAR, LIBROS | 2 Comentarios »
El 11 de enero pasado la revista The New Republic puso en la web, para disposición de todos los lectores, un interesante suplemento de libros, The Book, el cual, según su editor, pretende hacer frente al vacío que persiste en la red respecto a sitios dedicados a la crítica literaria intelectualmente seria y rigurosa. Mientras que las secciones de libros en periódicos y revistas impresos desaparecen y los críticos son despedidos con una patada en el trasero, empobreciéndose la cultura literaria, The Book abre un espacio a la resistencia. Utilizando la plataforma de internet y atendiendo a los principios que han distinguido a la revista, se nos asegura, con algo de soberbia, que aquí habrá crítica, no blogging; artículos, no posts.
Les invito a dar una vuelta por este nuevo sitio. Encontrarán reseñas muy interesantes; una sección dedicada a lo que podrían llamarse críticas ejemplares escritas por Edmund Wilson, Virginia Woolf, etc.; nuevas miradas a viejos libros; videos, podcasts; y una utilísima lista de links a algunos de “los ensayos y artículos literarios más inteligentes” que los editores encuentran en la web. Se buscan argumentos antes que arrebatos.
Los dos primeros párrafos de la presentación y bienvenida del editor Isaac Chotiner:
Dear Friends of Books and Writers,
For many years, The New Republic has called itself “A Journal of Politics and the Arts.” It regards both of those realms, both of those duties, with equal gravity and with equal joy. Two magazines in one magazine, we live doubly, the way intelligent people do. Like every other magazine and newspaper, we have spent the past decade developing a website to complement and enrich the content that appears in the print magazine. Most of that web content has focused on politics and breaking news. The time has come to break out of that necessary but constraining box. To that end, we are launching The Book: An Online Review at The New Republic.
We have another reason for creating The Book. The slow and steady transfer of people’s attention to the web is a fact of our culture. And the absence of any site for the serious consideration of serious books is also a fact of the web. And then there is the equally discouraging fact–not online but in the real world–of the literary impoverishment of American newspapers, many of which have fired their book critics and shrunk or closed their book sections. It is a time, then, for friends of books to push back. At The Book we plan to extend the critical principles that animate the literary pages of The New Republic to online journalism–to help fill the vacuum left by the carnage in American newspapers. And since the quality of the criticism whose demise we rightly bemoan was often not very high, this may be an opportunity not only to remedy the situation, but also to improve it.
Publicado en CRÍTICA LITERARIA, SUPLEMENTOS | 2 Comentarios »
Para recordar a ese gigante del cuento que fue Antón Chéjov (1860-1904), observador puntual de una realidad a la vez miserable y encantadora, el suplemento cultural Laberinto nos ofrece una reflexión sobre su obra dramática, unas anotaciones sobre el célebre cuento La dama del perrito y dos variaciones del mismo que ensayaron los narradores Armando Alanís y Geney Beltrán. Les recomiendo leer el dossier completo.
Transcribo las “Tres notas sobre La dama del perrito” que escribió Ana Clavel:
I
Si la historia comenzara por el final, o por lo menos con el supuesto final cuando Ana y Dimitri se preguntan angustiados cómo solucionar su historia de amor secreta. Porque ahí es donde los deja Chéjov en un relato con final abierto, sutilmente dramático, sin demasiados aspavientos. Quiroga, Cortázar, Samperio hablan de La dama del perrito como una pincelada maestra de vida. Cada vez que leo el cuento me provoca el mismo desasosiego: si la vida empezara no con el desconocimiento y la ilusión del primer encuentro. Si Ana y Dimitri poseyeran un Aleph, o si se hubieran topado con Chéjov en una de las calles de Yalta y lo hubieran confrontado como a un Dios inclemente, reclamándole: “¿Por qué nos has abandonado si hasta a Cristo le fue revelado lo que le esperaba?” Porque no hay verdadera libertad sin conocimiento. Decía Canetti que la falla de nuestras existencias es que fueran tan breves, que terminaran cuando apenas comenzamos a tener suficiente idea y conocimiento de las cosas. Pero la literatura y la mano de Dios parecen escribir con la misma pluma.
II
Para Stendhal el enamoramiento es una suerte de cristalización: uno arroja una ramita seca en una mina y tras algunos días, la ramita se halla cuajada de cristales iridiscentes. En un primer momento se nos describe a Ana Sergeyevna como una mujer distinguida, tocada con una boina, en compañía de un perrito blanco de Pomerania. Apenas verla, Dimitri Gurov sabe que es una mujer casada con hijos. Pero lo que realmente lo seduce es el descubrimiento de que «Algo hay de triste en esta mujer». En ese enigma es posible montar toda una pedrería sugestiva y poética. Y tanto es así que protagonista y lectores nos vemos fascinados por la imagen melancólica y tierna de esta mujer a pesar de que el propio Chéjov nos la describe después en la escena del teatro como una “mujercita sin atractivos de ninguna clase, perdida en la sociedad de provincia, con sus vulgares impertinentes”. Enamorado Gurov de la señora del perro, desestima las palabras de Chéjov que repican en su conciencia para reconocer que esa mujer “llenaba toda su vida; era su pena y su alegría, la única felicidad que ambicionaba, y al oír la música de la orquesta y el sonido de los pobres violines provincianos, pensó cuán encantadora era”. Un aire encantador con resabios de tristeza que en tiempos más cercanos he descubierto en la mirada de James Dean y Nicole Kidman, sólo que en ambos actores el efecto es producto de una falla física: miran inciertos a la cámara porque el mundo les resulta nebuloso sin los lentes.
III
Es de tal modo encantadora la presencia de Ana Sergeyevna que después de la primera escena no necesita más del perro blanco de Pomerania que la hace tan peculiar a los ojos de los parroquianos y visitantes de Yalta, que se refieren a ella, con admiración y curiosidad, como “la dama del perrito”. Al pomeranio sólo se le vuelve a mencionar cuando un año después del primer encuentro, Dimitri se decide a viajar a la ciudad donde vive Ana y buscar su casa. Entonces, con el “corazón latiéndole violentamente”, lo descubre salir con una mujer vieja de servicio. La primera vez que leí el relato lo hice en la sala de espera de un dentista y no pude saber a ciencia cierta qué tipo de perro era un “pomeranio”. He disfrutado varias veces su relectura, pero la palabra pomenario siguió siendo incierta para mí hasta redactar estas notas: formaba parte de ese horizonte de incertidumbres y sugerencias que un nombre ajeno contribuía a “dibujar desdibujando” el retrato de una mujer idealizada. Seguramente para los lectores contemporáneos de Chéjov el tipo de perro de su relato pintaba de un plumazo el tipo de heroína descrito. Le sugiero al lector que desconozca el término seguir en la indefinición: así la señora del perro y su pomeranio seguirán vaporosos, tenues e intangibles como los sueños. Ya lo sabían los antiguos: sólo en los momentos fugaces de felicidad y en los sueños, somos dioses.
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Hace unos meses los editores de la revista Tierra Adentro se propusieron llevar a cabo un experimento en su sección de crítica: invitarían a un crítico del norte para que reseñara libros escritos por narradores del sur, y a un crítico del sur para que hiciera lo mismo con propuestas narrativas del norte. Respectivamente, un servidor y Eduardo Huchín Sosa, respondimos a la invitación.
El siguiente texto mío se publicó en la citada revista en el número doble 161-162 (diciembre 2009-marzo 2010):
Nadia Villafuerte. ¿Te gusta el látex, cielo?, México, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2008. 150 pp.
José Francisco Castillo Baeza. A la espera, México, Fondo Editorial del Ayuntamiento de Mérida, 2008. 68 pp.
Rafael Ferrer. Breve anecdotario de un mundo cualquiera, México, Conaculta/Gobierno del Estado de Campeche/Instituto de Cultura de Campeche, 2008. 87 pp.
Pedro Eduardo Ferrer Franco. Cuentos al óleo, México, Conaculta/Gobierno del Estado de Campeche/Instituto de Cultura de Campeche, 2008. 71 pp.
Luis Gámez. Nicolasa en la villa de perros, México, Gobierno del Estado de Tabasco/Instituto Estatal de Cultura, 2008. 98 pp.
Panorama poco alentador
Decía Italo Calvino, por allá en 1985, que “en los tiempos cada vez más congestionados que nos aguardan, la necesidad de literatura deberá apuntar a la máxima concentración de la poesía y del pensamiento”. La forma literaria que da cabida a esta concentración no podía ser otra que el cuento o el relato corto. El propósito es alcanzar y fundir en un relato la belleza fugaz, paradójicamente memorable, de la metáfora y la concepción del mundo que aporta el ejercicio de las ideas. En México, desde la década de los años veinte hasta nuestros días, se han escrito cuentos a la manera en que lo vislumbraba el escritor italiano. Julio Torri, José Revueltas, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, Edmundo Valadés, Augusto Monterroso, José Emilio Pacheco, Sergio Galindo o Elena Garro, fueron ejemplo de aquello; cultivaron el cuento o el relato breve no como una mera transición a la novela, sino como una de las formas literarias para expresarse con la mayor intensidad e inteligencia posibles, eliminando rellenos y aserrines insustanciales. Fundaron una tradición cuentística y la enriquecieron con su varia invención formal y temática. Hoy día, narradores como Daniel Sada, Juan Villoro, Enrique Serna, Guillermo Fadanelli, Eduardo Antonio Parra o Alberto Chimal, por citar algunos, persisten en labrar las formas breves de la literatura.
Pero, ¿qué ocurre con los más jóvenes y, particularmente, con los narradores jóvenes del sur de México? ¿De qué escriben y cómo escriben sus relatos? Luego de leer cinco propuestas narrativas me topé con una diversidad de estilos, temas (la mayoría ajenos al regionalismo), estructuras y temperamentos. Además, con excepción de Nadia Villafuerte, hallé una constante: ligereza en el pensamiento, descuido en la concepción de las tramas y una carencia reiterada de intensidad narrativa.
En el ejercicio de lectura encontré lo siguiente: entre los narradores jóvenes del sur destaca la escritura de Nadia Villafuerte (Tuxtla Gutiérrez, 1978). En su libro de relatos ¿Te gusta el látex, cielo? (2008) despunta una voz literaria sensible, original e impregnada por una concepción pesimista y desencantada del mundo, ese “catálogo de podredumbre” donde fracasa una y otra vez el hombre. Con una prosa concisa, artística, pacientemente trabajada, sus cuentos logran crear, con afiladas descripciones, atmósferas densas, sórdidas y exhaustas, en las que se respira un aire fétido, estancado. Sus historias, como influidas por una afición al arte de la fotografía, son instantáneas que enfocan y captan de golpe trozos de la realidad de sus personajes; resumen la acción pero también la escenifican con igual eficacia y dramatismo a través de una diversidad de puntos de vista narrativos. A Villafuerte no le interesan los grandes saltos de tiempo, sino la captura de un instante en el que algo se resquebraja, el momento en que la existencia vacila y despide el polvo muerto de la rutina. La narrativa de esta autora chiapaneca se nutre de una poética de la fractura social, de los márgenes en que habitan individuos próximos al derrumbe o sumergidos ya en la ruina. Personajes tristes y resentidos, ajenos por condición y voluntad propia al mito liberal del progreso y las boberías del éxito. Un universo realista compuesto por periodistas, putas, migrantes, travestis, drogadictos y fastidiados incurables, cercano al de Raymond Carver, Guillermo Fadanelli y J.M. Servín.
¿Sus temas? De alguna manera los he insinuado: la soledad, el hastío, el deseo, la prostitución, la venganza, la migración, la violencia y el humillante esplendor de la miseria. Si bien los relatos de este libro se pueden ubicar en Cuba, Texas, Nueva York o Tijuana, el sur de México, su frontera, ocupa un lugar especial en ellos. Para Villafuerte el sur no es sólo un espacio geográfico para desarrollar una historia, sino toda una problemática que está allí para contarla. En un relato como “Frontera de sal”, por ejemplo, se tematiza la pobreza, el abandono y la violencia del sur, la frontera olvidada por todos; en “Yésira”, los migrantes centroamericanos huyen de su miseria sólo para encontrarla de nuevo en la frontera mexicana y padecer, sistemáticamente, el abuso, la persecución y el esclavismo laboral en las maquiladoras; en “¿Te gusta el látex, cielo?”, el relato que da nombre al libro, el más logrado en trama y tensión, complejo y perfecto, aparece una vez más la frontera junto a la explotación sexual, las drogas y la variedad del crimen, incluso político. “…El sur, esa palabra minúscula, monosílaba, es la frontera equivocada, el error, el horror histórico”, dice el narrador de una de las historias.
De la frontera norte se habla y se escribe, de la frontera sur casi no. ¿Es muy distinta la situación entre ambas fronteras? Los cuentos de Villafuerte revelan que una orilla refleja y se prolonga en la otra, la podredumbre está de un lado como de otro.
***
El caso de José Francisco Castillo Baeza (Chetumal, 1987) es otro. Los cuentos reunidos en A la espera (2008) responden a una inquietud por la ciencia, los planteamientos teóricos, la muerte, la identidad, la vejez y el lenguaje. Hay cierta unidad temática en el libro, pero los relatos se despeñan apenas comienzan a desarrollarse. Salvo “El pezón de la pera”, relato de aventuras sobre el descubrimiento de América, que se deja leer muy bien, en las narraciones de Castillo Baeza las tramas son flojas (en el mejor de los casos), la tensión es nula, los personajes son insustanciales y desdibujados y el estilo carece de precisión, de un esfuerzo por plasmar la expresión adecuada. Antes que contar bien una historia y perfilar a sus personajes, a Castillo Baeza le preocupa nombrar una teoría, un principio científico, una pregunta filosófica, o referirlos indirectamente. Cuentos como “Gramática degenerativa” (obvia referencia a la lingüística de Chomsky), “La huella” (donde se aborda la pregunta por la identidad personal) o “La foto que llegó de Ginebra” (se esboza la interpretación de una imagen concreta y su significado), por mencionar tres relatos, pretenden exponer y explicar una tesis antes que desplegar una historia y tejer con inteligencia su trama. Ni queda claro si el autor conoce realmente las teorías en que funda algunas de sus historias, ni tampoco cuál es su justificación en lo que se nos cuenta. Es una narrativa con demasiados hilos sueltos e ideas inconexas: apenas se aborda un tema o una situación en el primer párrafo, en el siguiente se avanza por otro camino para no volver más, perdiéndose el eje conductor de la historia.
En un juego intertextual, con múltiples epígrafes, citas y referencias implícitas, que pronto se revelan innecesarios, más allá de la presunción del autor, éste exhibe sus lecturas y preferencias clásicas (Cortázar, Borges, Quevedo, Foucault, Bachelard…) pero no su asimilación. El autor, sin embargo, es joven. El tiempo nos dirá si más adelante ocurre lo contrario.
***
Rafael Ferrer, nacido en Campeche y autor del libro de relatos Breve anecdotario de un mundo cualquiera (2008) es todo ironía e irreverencia. El humor, el sarcasmo y la transgresión acompañan a casi todas sus narraciones. Trátese del gobierno, la hipocresía familiar, los buenos modales, las costumbres o los tabúes sexuales, Ferrer se opone a ellos y los desacredita sin complacencias. Un sostenido cinismo reverbera en las frases y oraciones de sus narradores (ofreciendo verdades para sobrevivir a una marea de individuos falsos e idiotas), y yo lo celebro. Urge respirar un tono diferente, libertino y crítico, en la narrativa mexicana. Sin embargo, la insolencia por sí misma, lo saben Céline, Fernando Vallejo y Antonio Ortuño, por dar tres ejemplos, no hace a un escritor, sino la técnica y el trabajo esmerado con las palabras. La irreverencia en la escritura de Rafael Ferrer parece provenir más de un ímpetu juvenil —muy de la literatura de la onda y el rock— que de la lectura de cierta tradición literaria narrativa. Aunque por momentos su estilo es muy fluido y sus imágenes, metáforas y juegos de palabras afortunados, en otros, queriendo ser lírico o ingenioso, suele abusar de los adjetivos y las expresiones figuradas, afectando la buena marcha de una historia.
Por el contrario, el estilo de Pedro Eduardo Ferrer Franco (Campeche) en Cuentos al óleo (2008) es austero y sencillo. Sus palabras son más bien “correctas”, a excepción de las empleadas en los relatos de “El nombre de fulana” y “Mátame, veneno”, en los que suena una voz muy parecida a la de Rafael. Y no es éste el único caso en el que la narrativa de estos dos autores se asemeja. El relato “Rojos Tulipanes” de Pedro Eduardo, redactado a manera epistolar, es casi idéntico a “Midnight Movies”, también una carta, de Rafael. En ambos, un hombre solitario, amante del cine, confiesa su amor a una mujer también aficionada al séptimo arte. La estructura, el argumento, la esencia de los personajes y el tema del amor y la soledad son los mismos. Como si los textos fueran resultado de un mismo ejercicio en un taller literario. Además, hay coincidencia en los temas: encuentros de parejas, drogas, infidelidades, la soledad, las aventuras urbanas juveniles, por no decir de adolescentes, y el cine. De fondo, el rock, los guiños a la pintura y una que otra prostituta con cuerpo de animé.
Cuando se lo propone, Rafael Ferrer puede llegar a ser abrumadoramente didáctico y arruinar un relato con un largo y redundante preámbulo discursivo, como sucede en “La noche de un día difícil” y “Angel face”. Pedro Eduardo Ferrer puede ser ininteligible (“Mátame, veneno”). En cambio, cuando se concentran en un aspecto esencial de la vida, acaso mínimo (una confesión de amor, una infidelidad, un juego sexual o una broma) y lo recrean en la ficción, atentos a la historia que cuentan, los autores logran sus mejores narraciones: “Midnight Movies”, “7:30 Tu mujer te está engañando” y “El laberinto de Sade”, en el caso de Rafael, “El poseído” y “Luna sinfónica”, en cuanto a Pedro. Estas cinco historias me convencen del potencial narrativo que podrían aprovechar estos dos escritores.
***
En Tabasco, Luis Gámez (Cárdenas, 1979) es una voz literaria que de entre la ligereza de algunas de sus descripciones, la ingenuidad de sus tramas y las metáforas poco afortunadas (“Mirar la enorme alberca que es el mar Caribe…”), logra crear de pronto en sus relatos una atmósfera inquietante (“La oscuridad que galopa y golpea”, “Nicolasa en la villa de perros”) y describir una situación de derrota (“La cabeza”, “Cleto Seyer y el rostro del espanto”) o de triunfo, de resistencia (“Correr y ganar”). Puede ubicar sus historias en Cancún, Tabasco, la ciudad de México o Puebla, pero también en Toronto o Londres, alejándose de una gastada y soporífera tentación regionalista. A la manera de Santiago, en El viejo y el mar, los personajes de Luis Gámez, sobre todo en sus historias de box y de carreras, luchan con todas sus fuerzas, se baten por un objetivo, aunque al final fracasen o no triunfen del todo. Narrador de un variopinto universo temático, Gámez nos habla de cómo los recuerdos atraviesan fronteras, de la soledad, la derrota, la decepción, el box y el entrenamiento físico como una forma de resistencia, el tiempo, la miseria, la corrupción política y la extorsión. Si bien en sus relatos se percibe una mirada escéptica, de desencanto y crítica en torno a la existencia, el glamour del oropel, la canalla literaria y la vida política, falta el coraje de un lenguaje devastador, intenso, mordaz. Luis Gámez es un narrador sensible capaz de generar misterio e inquietud en un relato (“Otra forma de justicia”, “Hábitos del viudo Neftalí”), pero muy inocente al momento de contar las cosas malas de este mundo.
Terminado el recorrido, ahuyentado el tedio, me detengo y vuelvo la vista atrás: con una marcada excepción, el panorama es poco alentador.
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Para que despidan el año: Viudita de Clicquot, del nuevo disco de Joaquín Sabina.
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Pitsa Galatzi
(1940, Grecia)
Árboles y mar
Tú cuentas los árboles,
yo cuento el mar.
Tú sueñas con los árboles
yo sueño con el mar
y los dos soñamos
con árboles y mar.
Tus palabras huelen a mar.
Las sábanas se llenan
de señales de viajes erráticos,
de infinita arena
y de pasos perdidos por el mundo.
Un paso por el bosque,
sólo un paso.
Así te esperaba
contando cuerpos
con los dedos.
Tus manos
son únicamente dos ramas
del árbol que soñabas.
Tus ojos, únicamente dos ventanas
al mar que yo soñaba.
Sin embargo, la habitación, en nuestro silencio,
se llenaba de árboles y de mar…
Fernando Pessoa
(1888-1935, Portugal)
Mar. Mañana
Con suavidad avanza inmensa,
Llena de sol, la ola del mar;
Pausadamente se mece,
Y desciende para descansar.
Tan lenta y larga que parece
Una criatura de Titán,
El glauco seno que se adormece,
Jadeando en la brisa de la mañana.
Parece ser un ente tan solo
Este correr de la ola del mar,
Como una culebra que en serenos
Pliegues se alarga coleando.
Unido y vasto e interminable
En el sano sosiego azul del sol,
Jadea con un movimiento estable
El océano ebrio de arrebol.
Y mi sensación es nula,
Ya sea de placer, o de pesar…
Ebria de extrañeza hacia mí ondea
En la ola lúcida del mar.
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