ACANTILADO
Literatura, libros, reseñas y una que otra opinión seria

Seligson en Laberinto y en La Jornada

Febrero 13th, 2010 por Irad Nieto

El suplemento cultural Laberinto publicó una parte de las memorias de Esther Seligson y un emotivo texto de su amigo, discípulo y editor Geney Beltrán. Va un fragmento del fragmento publicado de sus memorias:

Más que sentarme en las terrazas de los cafés, como lo hice en Madrid o en Jerusalem, en Lisboa me dediqué a callejear, a recorrer museos, parques, iglesias —me dio por encenderle una veladora a Adrián, amén de las rituales en Os Tibetanos, hasta la noche en que soñé me atajaba las manos con sus manos por detrás de mi espalda, y con voz clara y suave susurró que ya no era menester: “estoy en la Luz” —, a husmear en los portales, en las ruinas, las tiendas de viejo, libros, anticuarios, pinturas religiosas, no porque fuese yo a adquirir nada (bueno, libros sí), sino para empaparme de esa saudade que trasuda todo en Portugal y todo Portugal, esa tierra de azulejos y matices suaves apastelados, congojosas canciones y nostalgias intraducibles añejadas en no olvidados tiempos de grandes hazañas y conquistas aún presentes por donde uno se meta. Me llamó siempre la atención la poca tolerancia de los lisboetas en general hacia los habitantes de sus ex colonias, de modo que mencionar la Praça de Figueira y los alrededores —lugar de concentración y encuentro de africanos, así denominados en bulto, lo que es un contrasentido viendo las diferencias entre los grupos, de tono de piel, de formas de vestir, de gesticular—, provocaba el cese de la conversa, que no era el caso cuando surgía la insuperable enemistad hacia los españoles, motivo que la alargaba dando pie a desahogos vicarios, para mí harto divertidos tomando en cuenta mi debilidad por España y lo español, lo cual no disminuyó un ápice mi adhesión incondicional a la literatura, el idioma, el folclor y eso que llaman la “idiosincrasia portuguesa”. Era ver a los españoles, ya no desde la óptica del mexicano resentido, sino desde la en su momento ocupada y no menos resentida Portugal y su pessoano desasosiego, su desgüance nacional, sus pegajosos fados. Caminar por Lisboa tuvo un sentido muy diferente al de mis deambulares por Jerusalem, en particular por tratarse de una ciudad católica, lo que hace la enorme diferencia y de ahí la de pronto tan proustiana secuela de rememoraciones que me salían al paso en las visitas a las iglesias, los días navideños y su profusión de adornos y luces, los de la Semana Santa y las fiestas de los innumerables santos locales. Y no eran únicamente recuerdos de infancia en las calles de Corregidora y Correo Mayor, el Zócalo, los olores a cera y pabilo quemado, a buñuelos, el peculiar arreglo de los aparadores comerciales; eran también el crujir de unos desvencijados escalones de madera cuando había que ir a buscar las casi inexistentes cintas para la Lettera en anacrónicos edificios y sus no menos añosos despachos idénticos al de mi tío Max, o al taller de costura de mi abuela, los altísimos techos de nuestro salón de clase con el piso de desgastadas duelas rechinonas, la calma chicha de algunos domingos de lluvia torrencial tras los gastados vidrios; eran tardes con sabor y luz a las del mítico estudio en Cuautla 22, la vaga euforia de felicidad latente por llegar, de libertad, de espacio para abrir las alas, la sensación de que algo, un a punto de, quedó irrealizado, la certeza de que ahí se cortó el hilo y dio inicio otro carrete totalmente imprevisto, errado… Por qué Lisboa me devolvía tan vívidos esos sentimientos, no lo sé, sólo se me ocurre pensar en el Amarcord felliniano. Tampoco supe por qué ahí soñé sueños únicos sobre otras vidas que me resultaban familiares (así surgieron “El cementerio” y “La pared de enfrente”) como cada nuevo viejo rincón descubierto, o ese encuentro con Palmira García Coelho a las puertas de São Domingos, la gigantesca iglesia que el temblor de 1775 dejó en pie pero completamente desnuda de capillas, emplomados y revestimientos. Palmira pedía limosna, un poco separada de los otros mendigos y con una dignidad en el porte que me hizo buscarle directo los ojos, para mi sorpresa verdiazules como los de mi madre. Ella me sostuvo la mirada y con un gesto ligero me invitó a sentarme a su lado en el banquillo portátil. —Tú te llamas Raquel —Ése es mi segundo nombre, me llamo Esther— Entonces eres judía como yo, aunque procedo de familia conversa. ¿De dónde vienes? —Soy mexicana— ¿Eres artista? —Escritora— Pues no vayas a escribir sobre mí porque hoy te platico y a lo mejor otro día ni siquiera te saludo. Yo no miento, sólo omito. ¿Por qué tengo que decir dónde vivo, o hablar de mi vida? Allá en mi barrio sigo siendo Dona Palmira, y si mi hijo, hijo único hoy con cincuenta años encima, se entera de que pido limosna, me mata, a pesar de que, gracias a Dios salvo el departamento que es mío, me quitó el dinero y lo que pudo; cocaína, el medio ambiente ya sabes, él era modelo, guapísimo, lo echó a perder. Yo fui actriz y vestuarista en el Teatro Dona María, sí, ése que ves ahí, ya te traeré fotos para que veas lo hermosa que era yo, y rica, tuve coches, pieles, joyas, conocí África, Brasil, Londres, con decirte que a veces viajaba ida y vuelta sólo para comer en el Maxim’s en París, sí, me trataban como a una reina, y reina me sentía, ¿por qué no si mi trabajo me costaron la fama y el prestigio? A mí nadie me regaló nada, y ahora, ya me ves, a mis setenta años, me quito la prótesis dental cuando vengo aquí, no me quejo, pido para pagar la luz, el gas, para comer, pero sí me daría vergüenza que alguno de mis conocidos me viera. Tengo asma y muy debilitados los pulmones, así que no vengo a diario, no tengo fuerzas, y para colmo hay que codearse con estos limosneros que son indigentes pero del alma, envidiosos, mira cómo te ven cada que vienes a saludarme, y cómo babean de rabia cuando la gente me entrega un billete para que les rece por un enfermo o por alguien ya difunto, me tienen confianza a mí y no a ellos, miserables lo son de nacencia y para eso no hay remedio. A ti te conocí luego luego en la tristeza, al igual que tú a mí… Palmira hablaba con propiedad el castellano, castizo ceceo y entonación portuguesa. Directa y clara, me recordaba a Magdalena, tenía el don de videncia —Aunque tú ya sabes que más que dádiva resulta maldición porque la gente no quiere saber, y mucho menos tus más cercanos—, era afable con los feligreses que se acercaban a ella pero hermética, y no hacía distingos en lo que le daban. De la concurrida pastelería La Suiça le llevaba yo gajos de fruta glaseada, pasteis de Belém, queijadas de Sintra, lujos glotones, decía, fuera de su presupuesto. Cuando le avisé que me iba a Israel —Escríbeme, y promete que en cuanto vuelvas a Lisboa vendrás a buscarme—, supe que su hijo había estado en Mitzpe Ramon y que el sueño de ella era conocer Jerusalem. Me dio su dirección, el número de teléfono, y aceptó con naturalidad las ropas que no cargué conmigo. Palmira García Coelho, la entrañable mendiga de São Domingos habría de ser la protagonista central de la novela que hace años me ronda sobre las Diosas Madre —“Del otro lado del río, no de éste sino aquél”, título tomado de un poema de Alejandra Pizarnik—, sacerdotisa arquetípica, imagen de La Ciudad resumida en ese portal de entrada a todas las ciudades recapitulación de asedios y destrucciones, Troya mítica, Hiroshima inerme, Casandra imperecedera eternamente infamada. Mantuve el contacto con Palmira durante mi estancia en Ashkelon, o la llamaba o le enviaba postales que ella respondía. La vi en octubre de 2001 cuando regresé a Lisboa para encontrarme con mi hermana. Un año más tarde, el día de mi cumpleaños, Palmira me esperaba a las puertas de São Domingos con una orquídea blanca —Una flor para quien tiene todo, dijo con picardía. Todavía me despedí de ella, previa cita pues me advirtió que ya salía poco a causa del asma recrudecida. Mientras viví en Jerusalem, al principio, sus cariñosas postales fueron constantes como mis llamadas, luego, poco a poco cesaron y no contestó el teléfono. En 2006, de nuevo otoño en Lisboa para recoger los pasos antes de retornarme a México, a las puertas de São Domingos, una de las mendigas me reconoció y sin más soltó, “su amiga falleció no sé cuándo, dos años a lo mejor, usted hace tiempo que no venía”, y extendió la mano. Entré a la iglesia a rezar por ella, a llorar, a encender una veladora y tratar de consolarme de una pérdida más entre las imprescindibles presencias que dan testimonio en mi vida de mi propio existir.

Les comparto también algunos párrafos del texto La sonrisa de Esther, escrito por Geney:

En dos horas saldré rumbo al Panteón Israelita. Desde el lunes, incluso antes de recibir la invitación por celular, empecé a escribir estas cuartillas, en mi mente. Pero a la hora del teclado, una y otra vez he venido sintiendo que no es esto lo que quiero, debería, podría decir de Esther. O que todo será poco. Escribí un párrafo:

Una escritora (1941-2010) muere. Hablamos luego entonces de su vida: viajes, lecturas, hijos, alumnos, amoríos y pasiones (la mitología, el teatro, las gemas, el tarot, la astrología, uf: las religiones comparadas, la acupuntura, y siempre el viaje, y en el centro de todo la escritura). ¿Cómo? ¿Disminuirlo todo a un puñado de cuartillas? ¿Rebajar la vida a sólo un orden de palabras? ¿Y qué importancia tiene la vida de un escritor que ya no vive acá? Quiero decir: ¿qué le dirá a quien no la conoció y tal vez tampoco siquiera la ha leído? ¿Para qué un testimonio de amistad y mentorazgo, si lo que hace que los críticos hablen de ella no es la amistad ni el mentorazgo ante pocas o muchas generaciones: sino su escritura?

Hasta ahí el comienzo. Luego venía este párrafo, el elogio que al todavíanolector de sus libros le parecerá sospechoso, exagerado.

Sin embargo, cómo hablar de sus libros. Así, tan de repente. Decir que Esther Seligson es una estilista mayor de la prosa en lengua castellana. Que su obra narrativa un día será puesta al lado de las páginas de Virginia Woolf o Yourcenar o la Lispector. O afirmar que La morada en el tiempo es una de las proezas secretas que ha parido la novela en Hispanoamérica: todo esto, ¿qué? Basta leer cualquier relato de Toda la luz para percatarse: ahí la lengua española entrega capa tras capa de tensión y hondura intimista, una expresividad profunda, cargada de matices y resonancias que va desbordándose hasta obligarnos a ese detenerse que se traduce en: Nadie escribe así. Regresemos, leamos de nueva cuenta este párrafo, esta página, este libro, y los sentidos se concentran al máximo gracias a una escritura ficcional que convoca los sueños, el mito, la emoción, la memoria. No sólo los hechos, no sólo el narrar un incidente tras otro, si no lo que viene después en la sensibilidad del personaje, lo que se suma, a la manera de un eco paciente, en su psique: no lo que sucede (no lo que pasa), sino lo que permanece.

Pero (me dije): no hablar de sus libros, no ahora.

Hablar de su generosidad…

Elena Poniatowska nos presenta un retrato de Esther Seligson:

Esther Seligson fue definitiva, difícil, rotunda. De ella conservo una imagen inolvidable. Hace años, en un viaje a Israel, en 1982, la vi venir hacia nosotros por el desierto que rodea Massada, envuelta en el halo dorado de la luz que esparce la arena. Una larga falda del color del desierto (Esther no usaba más que faldas largas) la hacía aún más sorprendente. Con su pelo largo ensortijado, sus facciones de asceta, sus largas piernas de caminante, parecía un derviche, una domadora de la naturaleza. De hecho, en esos días tomaba un curso sobre la vida de las plantas en el desierto y cómo hacen para sobrevivir. “Hay cactáceas diminutas –me señaló– que se alimentan del aire”. A todos nos sedujo Esther y a Adolfo Gilly más que a nadie. La Histadrut reunió en Israel a una serie de periodistas: Carlos Monsiváis, Miguel Ángel Granados Chapa, Virgilio Caballero, Adolfo Gilly, la hija de Gregorio Selser, Irene Selser, Javier González Rubio, Froylán López Narváez y su mujer, Arturo Martínez Nateras y su mujer, y otro joven periodista, cuyo nombre no recuerdo. De inmediato, Esther nos invitó a cenar a su casa blanca dentro de la ciudad amurallada. Era la casa de una asceta. Minimalista. Nos sentamos en el suelo. Cuando abrí el refrigerador para ayudarla a servir la cena, vi en un platito cuatro aceitunas negras y en otro un queso diminuto: “¿Es esto lo que nos vas a dar de cenar?” –pregunté aterrada–. “Sí”. “Esther, no alcanza”, “Claro que alcanza”. No sé qué brujería hizo, o a lo mejor nos dio mucho de beber, pero alcanzó. A partir de ese momento me quedé con la idea de que era un ser singular que hacía surgir el agua del desierto y daba vida a las más mínimas especies.

Continúa aquí.

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Esther Seligson

Febrero 9th, 2010 por Irad Nieto

Lamento compartirles que la escritora Esther Seligson murió ayer los 68 años. Es una pérdida para las letras mexicanas y nosotros sus lectores. (Una nota en La Jornada).

La pasada navidad tuve el acierto de regalarme uno de los mejores libros que leí el año pasado: Cicatrices (2009), de la escritora mexicana Esther Seligson. Editado por Páramo ediciones, el libro contiene 19 relatos y un buen de páginas de sabios aforismos que nos sitúan ante lo mejor de la literatura. Narradora, ensayista, dramaturga, crítica, traductora y poeta, Esther Seligson alimenta sus páginas de mitología clásica, historia antigua, diálogo entre las diferentes culturas y onirismo. La escritura de Cicatrices está marcada por una intimidad que perturba, por una sensibilidad estética colmada de intuición y sabiduría. La prosa de Seligson es de una gran transparencia y fluidez, viajera frecuente por el mundo de los libros clásicos. Apenas abrí el libro ya no pude soltarlo. Sus relatos me atraparon; sus aforismos, me interpelaron y me recordaron que ella, Esther, fue la traductora de otro estilista como ella: E.M. Cioran.

Agradezco a la editorial Páramo ediciones y a Geney Beltrán, su director, por haber puesto a circular este bello libro; por enriquecer así, un poco más, la literatura mexicana. Y, por qué no decirlo, la vida.

Quiero compartir con ustedes lo mejor de Seligson, su escritura. Transcribo a continuación algunos aforismos que rescato del libro Cicatrices:

*
Esta mañana no reconocí mi cuerpo al despertar. Ni la mano que lo tocaba y recorría. Toda yo me era ajena, extraña, extrañada de mí misma. Pero, sobre mi desnudez, el sol reventaba de luz y de calor tras la ventana, y me ganó la risa…
*
No entiendo el amor que, para ganar, destruye.
*
La esposa le pasaba por alto los adulterios. Gorda y avejentada, tenía pocos argumentos a su favor.
*
Cioraniana: Deberíamos concederle un espacio privilegiado a nuestros demonios –de tanto en tanto y a todo lujo—, cual si fueran huéspedes reales, so pena de naufragar en la normalidad.
*
Toda su vida la redujo al tamaño de su mezquindad: matrimonio, paternidad, concubinato, y un impulso creativo que se le fue a somnolear entre las impolutas vigilias de la burocracia.
*
El viento trajo a la nube, y la nube al relámpago. Pero soplaba tan fuerte que se llevó a la lluvia. Y al relámpago.
Lejos, tras la montaña, brilla de nuevo el sol.
*
Padecía veleidades de Poeta. Pero carecía de la capacidad de entrega: no fueran a robarle la inspiración.
*
Encerrada en su migraña, acusa a Dios de haber creado un mundo tan injusto y malo.
*
—Aún no encuentro los medios para alcanzar mis fines, dice cómodamente inmerso en su mediocridad.
*
Saqueaste mis tesoros sin pudor alguno. Y, aun así, no tomaste nada que no hubiera querido darte.
*
Llevo en la piel las arrugas, fisuras, vientos y asperezas del desierto.
Cuando pregunto ¿me amas? en verdad tal vez esté pidiendo ¿tienes necesidad de mí? ¿puedo depender de ti, confiar en ti? ¿ciegamente? ¿incondicionalmente? ¿me aceptas así, sometida a mi necesidad de depender sin reservas –por un tiempo cuya duración desconozco ahora?
*
El epígrafe puede no ser un huésped sino un intruso, un mensajero de la transitoriedad del texto, de su carácter efímero, errante, transmutable, trasgredible, de su función de ser pasaje, nunca frontera, límite, nunca usurpación, en todo caso subversión. Despertar otras cadencias, otras sonoridades, otra memoria.
*
…los epígrafes son una forma de agradecimiento a todos aquellos que nutren con su voz mi propia voz.
*
El suicida le plantea a los sobrevivientes la gran pregunta irresoluble frente al sentido de su propia existencia.
Irresoluble puesto que la vida, dicen algunos sabios, es Vida, sencillamente, y no “búsqueda de sentido”.
*
Basta con que una vez haya cruzado por la mente la idea del suicidio para que ésta empiece a crecer subrepticiamente como lo hace una mota de levadura en la masa de harina hasta inflarla por completo.
*
No es el temor a la muerte lo que el suicidio despierta en nosotros, sino el miedo a la libertad de elegirla.
*
Suicidas: Andar en los límites del borde, en las fronteras de la nada, en el vacío del ni ser ni no-ser… y cruzar.
*
¿No serán las estrellas cicatrices de las lágrimas que Dios derrama ante el desastre de Su Creación?
*
Cicatriz: Concierto de voces insepultas en el insomnio de la memoria.

….

El escritor Eduardo Mosches escribió el siguiente correo en La Jornada:

In memoriam, Esther Seligson

Querida Esther: Has jugado nuevamente con nosotros. Tu vital pulsión transgresora te ha llevado a que te fueras del planeta, así, en un teatral acto sorpresivo. Esa acción no se esperaba, casi no había un precedente, que medio indicara que tu travieso e intenso corazón tuviera comportamientos indebidos. Y en una acción en que el silencio predominó, te fuiste de escena, dejándonos con el dolor, sumidos en la sensación del absurdo, de lo imprevisto, integrado a ese dolor que roe las entrañas amorosas.

Te fuiste dejando atrás tuyo, los jóvenes que pasaron a lo largo de muchos años por tus clases en teatro universitario, las revistas que acogieron tus ensayos, tus poemas, tus narraciones, las conversaciones largas con los amigos, los textos traducidos del francés, tus libros de prosa y poesía, tus conferencias, los paseos a profundidad por los pensamientos religiosos, tus caminatas por el Tíbet, por las calles agrietadas y sinuosas de Jerusalén, por ese París de las sorpresas y el lenguaje literario, deambular al mediodía por algún parque de la Condesa, tomar el pájaro de la ética y sobrevolar con él sin renunciar a la crítica de lo conocido, los conocidos y los por conocer. Más el intenso deseo de aventurarse a lo desconocido.

Y así nos dices tranquila y sonriente, con ese tono informal y destructor de las buenas costumbres: “ …es difícil saber donde termina la desazón y donde comienza la fe, dice el Poeta. Y, sí, los días son una red de triviales miserias, oblicuos, quejumbrosos, pero cómo puede rescatarlos la plenitud de un abrazo, un éxtasis, una luz.”

Bueno, tu apellido también guió tu vida, con todo y vericuetos, hija de la dicha. Chau, Seligson, has quedado debiendo el abrazo. Me duele.

Eduardo Mosches

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Certificado en Teoría Crítica

Febrero 2nd, 2010 por Irad Nieto

Más en información sobre el Certificado en Teoría Crítica aquí.

El programa se puede consultar también acá.

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J.D. Salinger/Tomás Eloy Martínez

Febrero 1st, 2010 por Irad Nieto

La semana pasada falleció el famoso narrador estadunidense J.D. Salinger. A continuación les comparto algunas ligas interesantes que se han publicado los últimos días.

El aire del “New Yorker”, de Antonio Muñoz.

Salinger: adiós y gracias, de Jorge Anaya.

Adiós a un creador legendario, de Juan Manuel Bordón.

Of teen angst and an author’s alienation, de Michiko Kakutani. (Traducción al castellano del texto de Kakutani en la Revista de libros del diario El Mercurio).

J.D. Salinger o el suicidio en abonos, de José Agustín.

Desafortunadamente también murió el escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez. Pueden leerse:

El periodista que no cesó de narrar, de Juan Cruz.

Entre la crónica y la invención de la historia, de Ariel Dorfman.

El registro de la mirada subjetiva, de Matilde Sánchez.

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Vampire Weekend

Enero 30th, 2010 por Irad Nieto

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Premio de Poesía Clemencia Isaura

Enero 27th, 2010 por Irad Nieto

Me da gusto comentarles que nuestro amigo Francisco Meza Sánchez (Frank Meza) ganó el nacional Premio de Poesía Clemencia Isaura por su poemario “Memoria de marzo”. Desde aquí van mis más sinceras felicitaciones para Frank y su trabajo poético.

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María Zambrano

Enero 27th, 2010 por Irad Nieto

La editorial Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg publicó el libro María Zambrano: esencia y hermosura, en el que se reúnen 20 cartas inéditas que la filósofa escribió al artista mexicano Juan Soriano, su amigo, y una cuidada selección de esos exquisitos ensayos que Zambrano sabía sumergir en un mar de ideas y de poesía.

En una de las cartas se puede leer este elogio al trabajo de Soriano:

“Cosa de otro mundo, cosas del otro mundo sentí que son las pinturas de Juan Soriano, y que aparecen en éste como una herida. No hay arte que no hiera, porque el arte es como el pensamiento, como la verdad. El signo de la verdad es herir. Lo que es luz viva hiere. Hiere la luz desde por la mañana y, si no es así, será perdido el día”.

Leer la nota aquí.

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“The Book”

Enero 25th, 2010 por Irad Nieto

El 11 de enero pasado la revista The New Republic puso en la web, para disposición de todos los lectores, un interesante suplemento de libros, The Book, el cual, según su editor, pretende hacer frente al vacío que persiste en la red respecto a sitios dedicados a la crítica literaria intelectualmente seria y rigurosa. Mientras que las secciones de libros en periódicos y revistas impresos desaparecen y los críticos son despedidos con una patada en el trasero, empobreciéndose la cultura literaria, The Book abre un espacio a la resistencia. Utilizando la plataforma de internet y atendiendo a los principios que han distinguido a la revista, se nos asegura, con algo de soberbia, que aquí habrá crítica, no blogging; artículos, no posts.

Les invito a dar una vuelta por este nuevo sitio. Encontrarán reseñas muy interesantes; una sección dedicada a lo que podrían llamarse críticas ejemplares escritas por Edmund Wilson, Virginia Woolf, etc.; nuevas miradas a viejos libros; videos, podcasts; y una utilísima lista de links a algunos de “los ensayos y artículos literarios más inteligentes” que los editores encuentran en la web. Se buscan argumentos antes que arrebatos.

Los dos primeros párrafos de la presentación y bienvenida del editor Isaac Chotiner:

Dear Friends of Books and Writers,

For many years, The New Republic has called itself “A Journal of Politics and the Arts.” It regards both of those realms, both of those duties, with equal gravity and with equal joy. Two magazines in one magazine, we live doubly, the way intelligent people do. Like every other magazine and newspaper, we have spent the past decade developing a website to complement and enrich the content that appears in the print magazine. Most of that web content has focused on politics and breaking news. The time has come to break out of that necessary but constraining box. To that end, we are launching The Book: An Online Review at The New Republic.

We have another reason for creating The Book. The slow and steady transfer of people’s attention to the web is a fact of our culture. And the absence of any site for the serious consideration of serious books is also a fact of the web. And then there is the equally discouraging fact–not online but in the real world–of the literary impoverishment of American newspapers, many of which have fired their book critics and shrunk or closed their book sections. It is a time, then, for friends of books to push back. At The Book we plan to extend the critical principles that animate the literary pages of The New Republic to online journalism–to help fill the vacuum left by the carnage in American newspapers. And since the quality of the criticism whose demise we rightly bemoan was often not very high, this may be an opportunity not only to remedy the situation, but also to improve it.

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Antón Chéjov, a 150 años de su nacimiento

Enero 23rd, 2010 por Irad Nieto

Para recordar a ese gigante del cuento que fue Antón Chéjov (1860-1904), observador puntual de una realidad a la vez miserable y encantadora, el suplemento cultural Laberinto nos ofrece una reflexión sobre su obra dramática, unas anotaciones sobre el célebre cuento La dama del perrito y dos variaciones del mismo que ensayaron los narradores Armando Alanís y Geney Beltrán. Les recomiendo leer el dossier completo.

Transcribo las Tres notas sobre La dama del perrito” que escribió Ana Clavel:

I

Si la historia comenzara por el final, o por lo menos con el supuesto final cuando Ana y Dimitri se preguntan angustiados cómo solucionar su historia de amor secreta. Porque ahí es donde los deja Chéjov en un relato con final abierto, sutilmente dramático, sin demasiados aspavientos. Quiroga, Cortázar, Samperio hablan de La dama del perrito como una pincelada maestra de vida. Cada vez que leo el cuento me provoca el mismo desasosiego: si la vida empezara no con el desconocimiento y la ilusión del primer encuentro. Si Ana y Dimitri poseyeran un Aleph, o si se hubieran topado con Chéjov en una de las calles de Yalta y lo hubieran confrontado como a un Dios inclemente, reclamándole: “¿Por qué nos has abandonado si hasta a Cristo le fue revelado lo que le esperaba?” Porque no hay verdadera libertad sin conocimiento. Decía Canetti que la falla de nuestras existencias es que fueran tan breves, que terminaran cuando apenas comenzamos a tener suficiente idea y conocimiento de las cosas. Pero la literatura y la mano de Dios parecen escribir con la misma pluma.

II

Para Stendhal el enamoramiento es una suerte de cristalización: uno arroja una ramita seca en una mina y tras algunos días, la ramita se halla cuajada de cristales iridiscentes. En un primer momento se nos describe a Ana Sergeyevna como una mujer distinguida, tocada con una boina, en compañía de un perrito blanco de Pomerania. Apenas verla, Dimitri Gurov sabe que es una mujer casada con hijos. Pero lo que realmente lo seduce es el descubrimiento de que «Algo hay de triste en esta mujer». En ese enigma es posible montar toda una pedrería sugestiva y poética. Y tanto es así que protagonista y lectores nos vemos fascinados por la imagen melancólica y tierna de esta mujer a pesar de que el propio Chéjov nos la describe después en la escena del teatro como una “mujercita sin atractivos de ninguna clase, perdida en la sociedad de provincia, con sus vulgares impertinentes”. Enamorado Gurov de la señora del perro, desestima las palabras de Chéjov que repican en su conciencia para reconocer que esa mujer “llenaba toda su vida; era su pena y su alegría, la única felicidad que ambicionaba, y al oír la música de la orquesta y el sonido de los pobres violines provincianos, pensó cuán encantadora era”. Un aire encantador con resabios de tristeza que en tiempos más cercanos he descubierto en la mirada de James Dean y Nicole Kidman, sólo que en ambos actores el efecto es producto de una falla física: miran inciertos a la cámara porque el mundo les resulta nebuloso sin los lentes.

III

Es de tal modo encantadora la presencia de Ana Sergeyevna que después de la primera escena no necesita más del perro blanco de Pomerania que la hace tan peculiar a los ojos de los parroquianos y visitantes de Yalta, que se refieren a ella, con admiración y curiosidad, como “la dama del perrito”. Al pomeranio sólo se le vuelve a mencionar cuando un año después del primer encuentro, Dimitri se decide a viajar a la ciudad donde vive Ana y buscar su casa. Entonces, con el “corazón latiéndole violentamente”, lo descubre salir con una mujer vieja de servicio. La primera vez que leí el relato lo hice en la sala de espera de un dentista y no pude saber a ciencia cierta qué tipo de perro era un “pomeranio”. He disfrutado varias veces su relectura, pero la palabra pomenario siguió siendo incierta para mí hasta redactar estas notas: formaba parte de ese horizonte de incertidumbres y sugerencias que un nombre ajeno contribuía a “dibujar desdibujando” el retrato de una mujer idealizada. Seguramente para los lectores contemporáneos de Chéjov el tipo de perro de su relato pintaba de un plumazo el tipo de heroína descrito. Le sugiero al lector que desconozca el término seguir en la indefinición: así la señora del perro y su pomeranio seguirán vaporosos, tenues e intangibles como los sueños. Ya lo sabían los antiguos: sólo en los momentos fugaces de felicidad y en los sueños, somos dioses.

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Norte y Sur en Tierra Adentro

Enero 19th, 2010 por Irad Nieto

Hace unos meses los editores de la revista Tierra Adentro se propusieron llevar a cabo un experimento en su sección de crítica: invitarían a un crítico del norte para que reseñara libros escritos por narradores del sur, y a un crítico del sur para que hiciera lo mismo con propuestas narrativas del norte. Respectivamente, un servidor y Eduardo Huchín Sosa, respondimos a la invitación.

El siguiente texto mío se publicó en la citada revista en el número doble 161-162 (diciembre 2009-marzo 2010):

Nadia Villafuerte. ¿Te gusta el látex, cielo?, México, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2008. 150 pp.

José Francisco Castillo Baeza. A la espera, México, Fondo Editorial del Ayuntamiento de Mérida, 2008. 68 pp.

Rafael Ferrer. Breve anecdotario de un mundo cualquiera, México, Conaculta/Gobierno del Estado de Campeche/Instituto de Cultura de Campeche, 2008. 87 pp.

Pedro Eduardo Ferrer Franco. Cuentos al óleo, México, Conaculta/Gobierno del Estado de Campeche/Instituto de Cultura de Campeche, 2008. 71 pp.

Luis Gámez. Nicolasa en la villa de perros, México, Gobierno del Estado de Tabasco/Instituto Estatal de Cultura, 2008. 98 pp.

Panorama poco alentador

Decía Italo Calvino, por allá en 1985, que “en los tiempos cada vez más congestionados que nos aguardan, la necesidad de literatura deberá apuntar a la máxima concentración de la poesía y del pensamiento”. La forma literaria que da cabida a esta concentración no podía ser otra que el cuento o el relato corto. El propósito es alcanzar y fundir en un relato la belleza fugaz, paradójicamente memorable, de la metáfora y la concepción del mundo que aporta el ejercicio de las ideas. En México, desde la década de los años veinte hasta nuestros días, se han escrito cuentos a la manera en que lo vislumbraba el escritor italiano. Julio Torri, José Revueltas, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, Edmundo Valadés, Augusto Monterroso, José Emilio Pacheco, Sergio Galindo o Elena Garro, fueron ejemplo de aquello; cultivaron el cuento o el relato breve no como una mera transición a la novela, sino como una de las formas literarias para expresarse con la mayor intensidad e inteligencia posibles, eliminando rellenos y aserrines insustanciales. Fundaron una tradición cuentística y la enriquecieron con su varia invención formal y temática. Hoy día, narradores como Daniel Sada, Juan Villoro, Enrique Serna, Guillermo Fadanelli, Eduardo Antonio Parra o Alberto Chimal, por citar algunos, persisten en labrar las formas breves de la literatura.

Pero, ¿qué ocurre con los más jóvenes y, particularmente, con los narradores jóvenes del sur de México? ¿De qué escriben y cómo escriben sus relatos? Luego de leer cinco propuestas narrativas me topé con una diversidad de estilos, temas (la mayoría ajenos al regionalismo), estructuras y temperamentos. Además, con excepción de Nadia Villafuerte, hallé una constante: ligereza en el pensamiento, descuido en la concepción de las tramas y una carencia reiterada de intensidad narrativa.

En el ejercicio de lectura encontré lo siguiente: entre los narradores jóvenes del sur destaca la escritura de Nadia Villafuerte (Tuxtla Gutiérrez, 1978). En su libro de relatos ¿Te gusta el látex, cielo? (2008) despunta una voz literaria sensible, original e impregnada por una concepción pesimista y desencantada del mundo, ese “catálogo de podredumbre” donde fracasa una y otra vez el hombre. Con una prosa concisa, artística, pacientemente trabajada, sus cuentos logran crear, con afiladas descripciones, atmósferas densas, sórdidas y exhaustas, en las que se respira un aire fétido, estancado. Sus historias, como influidas por una afición al arte de la fotografía, son instantáneas que enfocan y captan de golpe trozos de la realidad de sus personajes; resumen la acción pero también la escenifican con igual eficacia y dramatismo a través de una diversidad de puntos de vista narrativos. A Villafuerte no le interesan los grandes saltos de tiempo, sino la captura de un instante en el que algo se resquebraja, el momento en que la existencia vacila y despide el polvo muerto de la rutina. La narrativa de esta autora chiapaneca se nutre de una poética de la fractura social, de los márgenes en que habitan individuos próximos al derrumbe o sumergidos ya en la ruina. Personajes tristes y resentidos, ajenos por condición y voluntad propia al mito liberal del progreso y las boberías del éxito. Un universo realista compuesto por periodistas, putas, migrantes, travestis, drogadictos y fastidiados incurables, cercano al de Raymond Carver, Guillermo Fadanelli y J.M. Servín.

¿Sus temas? De alguna manera los he insinuado: la soledad, el hastío, el deseo, la prostitución, la venganza, la migración, la violencia y el humillante esplendor de la miseria. Si bien los relatos de este libro se pueden ubicar en Cuba, Texas, Nueva York o Tijuana, el sur de México, su frontera, ocupa un lugar especial en ellos. Para Villafuerte el sur no es sólo un espacio geográfico para desarrollar una historia, sino toda una problemática que está allí para contarla. En un relato como “Frontera de sal”, por ejemplo, se tematiza la pobreza, el abandono y la violencia del sur, la frontera olvidada por todos; en “Yésira”, los migrantes centroamericanos huyen de su miseria sólo para encontrarla de nuevo en la frontera mexicana y padecer, sistemáticamente, el abuso, la persecución y el esclavismo laboral en las maquiladoras; en “¿Te gusta el látex, cielo?”, el relato que da nombre al libro, el más logrado en trama y tensión, complejo y perfecto, aparece una vez más la frontera junto a la explotación sexual, las drogas y la variedad del crimen, incluso político. “…El sur, esa palabra minúscula, monosílaba, es la frontera equivocada, el error, el horror histórico”, dice el narrador de una de las historias.

De la frontera norte se habla y se escribe, de la frontera sur casi no. ¿Es muy distinta la situación entre ambas fronteras? Los cuentos de Villafuerte revelan que una orilla refleja y se prolonga en la otra, la podredumbre está de un lado como de otro.

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El caso de José Francisco Castillo Baeza (Chetumal, 1987) es otro. Los cuentos reunidos en A la espera (2008) responden a una inquietud por la ciencia, los planteamientos teóricos, la muerte, la identidad, la vejez y el lenguaje. Hay cierta unidad temática en el libro, pero los relatos se despeñan apenas comienzan a desarrollarse. Salvo “El pezón de la pera”, relato de aventuras sobre el descubrimiento de América, que se deja leer muy bien, en las narraciones de Castillo Baeza las tramas son flojas (en el mejor de los casos), la tensión es nula, los personajes son insustanciales y desdibujados y el estilo carece de precisión, de un esfuerzo por plasmar la expresión adecuada. Antes que contar bien una historia y perfilar a sus personajes, a Castillo Baeza le preocupa nombrar una teoría, un principio científico, una pregunta filosófica, o referirlos indirectamente. Cuentos como “Gramática degenerativa” (obvia referencia a la lingüística de Chomsky), “La huella” (donde se aborda la pregunta por la identidad personal) o “La foto que llegó de Ginebra” (se esboza la interpretación de una imagen concreta y su significado), por mencionar tres relatos, pretenden exponer y explicar una tesis antes que desplegar una historia y tejer con inteligencia su trama. Ni queda claro si el autor conoce realmente las teorías en que funda algunas de sus historias, ni tampoco cuál es su justificación en lo que se nos cuenta. Es una narrativa con demasiados hilos sueltos e ideas inconexas: apenas se aborda un tema o una situación en el primer párrafo, en el siguiente se avanza por otro camino para no volver más, perdiéndose el eje conductor de la historia.

En un juego intertextual, con múltiples epígrafes, citas y referencias implícitas, que pronto se revelan innecesarios, más allá de la presunción del autor, éste exhibe sus lecturas y preferencias clásicas (Cortázar, Borges, Quevedo, Foucault, Bachelard…) pero no su asimilación. El autor, sin embargo, es joven. El tiempo nos dirá si más adelante ocurre lo contrario.

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Rafael Ferrer, nacido en Campeche y autor del libro de relatos Breve anecdotario de un mundo cualquiera (2008) es todo ironía e irreverencia. El humor, el sarcasmo y la transgresión acompañan a casi todas sus narraciones. Trátese del gobierno, la hipocresía familiar, los buenos modales, las costumbres o los tabúes sexuales, Ferrer se opone a ellos y los desacredita sin complacencias. Un sostenido cinismo reverbera en las frases y oraciones de sus narradores (ofreciendo verdades para sobrevivir a una marea de individuos falsos e idiotas), y yo lo celebro. Urge respirar un tono diferente, libertino y crítico, en la narrativa mexicana. Sin embargo, la insolencia por sí misma, lo saben Céline, Fernando Vallejo y Antonio Ortuño, por dar tres ejemplos, no hace a un escritor, sino la técnica y el trabajo esmerado con las palabras. La irreverencia en la escritura de Rafael Ferrer parece provenir más de un ímpetu juvenil —muy de la literatura de la onda y el rock— que de la lectura de cierta tradición literaria narrativa. Aunque por momentos su estilo es muy fluido y sus imágenes, metáforas y juegos de palabras afortunados, en otros, queriendo ser lírico o ingenioso, suele abusar de los adjetivos y las expresiones figuradas, afectando la buena marcha de una historia.

Por el contrario, el estilo de Pedro Eduardo Ferrer Franco (Campeche) en Cuentos al óleo (2008) es austero y sencillo. Sus palabras son más bien “correctas”, a excepción de las empleadas en los relatos de “El nombre de fulana” y “Mátame, veneno”, en los que suena una voz muy parecida a la de Rafael. Y no es éste el único caso en el que la narrativa de estos dos autores se asemeja. El relato “Rojos Tulipanes” de Pedro Eduardo, redactado a manera epistolar, es casi idéntico a “Midnight Movies”, también una carta, de Rafael. En ambos, un hombre solitario, amante del cine, confiesa su amor a una mujer también aficionada al séptimo arte. La estructura, el argumento, la esencia de los personajes y el tema del amor y la soledad son los mismos. Como si los textos fueran resultado de un mismo ejercicio en un taller literario. Además, hay coincidencia en los temas: encuentros de parejas, drogas, infidelidades, la soledad, las aventuras urbanas juveniles, por no decir de adolescentes, y el cine. De fondo, el rock, los guiños a la pintura y una que otra prostituta con cuerpo de animé.

Cuando se lo propone, Rafael Ferrer puede llegar a ser abrumadoramente didáctico y arruinar un relato con un largo y redundante preámbulo discursivo, como sucede en “La noche de un día difícil” y “Angel face”. Pedro Eduardo Ferrer puede ser ininteligible (“Mátame, veneno”). En cambio, cuando se concentran en un aspecto esencial de la vida, acaso mínimo (una confesión de amor, una infidelidad, un juego sexual o una broma) y lo recrean en la ficción, atentos a la historia que cuentan, los autores logran sus mejores narraciones: “Midnight Movies”, “7:30 Tu mujer te está engañando” y “El laberinto de Sade”, en el caso de Rafael, “El poseído” y “Luna sinfónica”, en cuanto a Pedro. Estas cinco historias me convencen del potencial narrativo que podrían aprovechar estos dos escritores.

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En Tabasco, Luis Gámez (Cárdenas, 1979) es una voz literaria que de entre la ligereza de algunas de sus descripciones, la ingenuidad de sus tramas y las metáforas poco afortunadas (“Mirar la enorme alberca que es el mar Caribe…”), logra crear de pronto en sus relatos una atmósfera inquietante (“La oscuridad que galopa y golpea”, “Nicolasa en la villa de perros”) y describir una situación de derrota (“La cabeza”, “Cleto Seyer y el rostro del espanto”) o de triunfo, de resistencia (“Correr y ganar”). Puede ubicar sus historias en Cancún, Tabasco, la ciudad de México o Puebla, pero también en Toronto o Londres, alejándose de una gastada y soporífera tentación regionalista. A la manera de Santiago, en El viejo y el mar, los personajes de Luis Gámez, sobre todo en sus historias de box y de carreras, luchan con todas sus fuerzas, se baten por un objetivo, aunque al final fracasen o no triunfen del todo. Narrador de un variopinto universo temático, Gámez nos habla de cómo los recuerdos atraviesan fronteras, de la soledad, la derrota, la decepción, el box y el entrenamiento físico como una forma de resistencia, el tiempo, la miseria, la corrupción política y la extorsión. Si bien en sus relatos se percibe una mirada escéptica, de desencanto y crítica en torno a la existencia, el glamour del oropel, la canalla literaria y la vida política, falta el coraje de un lenguaje devastador, intenso, mordaz. Luis Gámez es un narrador sensible capaz de generar misterio e inquietud en un relato (“Otra forma de justicia”, “Hábitos del viudo Neftalí”), pero muy inocente al momento de contar las cosas malas de este mundo.

Terminado el recorrido, ahuyentado el tedio, me detengo y vuelvo la vista atrás: con una marcada excepción, el panorama es poco alentador.

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