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ACANTILADO

“Escribir un best seller es plantearse un problema de seducción. Esa clase de libro es un timo. Dan al lector un cigarro, una copa de coñac y le piden que ponga los pies en alto y escuche. Entonces el autor le cuenta el relato.”

“Un gran escritor crea un mundo propio y sus lectores se enorgullecen de vivir en él.”

“La literatura es el arte de escribir algo que se leerá dos veces…”

(Cyril Connolly)

Terremoto en Mexicali

Mi amiga la mexicalense Elma Correa escribió una crónica sobre el terremoto que padeció la ciudad. Se puede leer en la revista emeequis o directamente el texto por acá.

Feria del libro infantil y Juvenil. Culiacán 2010

Nuestro amigo Óscar Urcisichi nos envió el cartel de la primera Feria del Libro Infantil y Juvenil. Culiacán 2010, la cual durará una semana, entre talleres, cuentacuentos, reuniones y, por supuesto, venta de libros. La inauguración es este domingo 11 de abril a las 17: 00 hrs, en el centro comercial Plaza Forum. Desde aquí les extiendo la invitación para que participen. Saludos a todos.

Spot de la Feria:

Spot Feria del Libro 2010 from Felipe Angulo Oyervides on Vimeo.

Seligson en Laberinto y en La Jornada

El suplemento cultural Laberinto publicó una parte de las memorias de Esther Seligson y un emotivo texto de su amigo, discípulo y editor Geney Beltrán. Va un fragmento del fragmento publicado de sus memorias:

Más que sentarme en las terrazas de los cafés, como lo hice en Madrid o en Jerusalem, en Lisboa me dediqué a callejear, a recorrer museos, parques, iglesias —me dio por encenderle una veladora a Adrián, amén de las rituales en Os Tibetanos, hasta la noche en que soñé me atajaba las manos con sus manos por detrás de mi espalda, y con voz clara y suave susurró que ya no era menester: “estoy en la Luz” —, a husmear en los portales, en las ruinas, las tiendas de viejo, libros, anticuarios, pinturas religiosas, no porque fuese yo a adquirir nada (bueno, libros sí), sino para empaparme de esa saudade que trasuda todo en Portugal y todo Portugal, esa tierra de azulejos y matices suaves apastelados, congojosas canciones y nostalgias intraducibles añejadas en no olvidados tiempos de grandes hazañas y conquistas aún presentes por donde uno se meta. Me llamó siempre la atención la poca tolerancia de los lisboetas en general hacia los habitantes de sus ex colonias, de modo que mencionar la Praça de Figueira y los alrededores —lugar de concentración y encuentro de africanos, así denominados en bulto, lo que es un contrasentido viendo las diferencias entre los grupos, de tono de piel, de formas de vestir, de gesticular—, provocaba el cese de la conversa, que no era el caso cuando surgía la insuperable enemistad hacia los españoles, motivo que la alargaba dando pie a desahogos vicarios, para mí harto divertidos tomando en cuenta mi debilidad por España y lo español, lo cual no disminuyó un ápice mi adhesión incondicional a la literatura, el idioma, el folclor y eso que llaman la “idiosincrasia portuguesa”. Era ver a los españoles, ya no desde la óptica del mexicano resentido, sino desde la en su momento ocupada y no menos resentida Portugal y su pessoano desasosiego, su desgüance nacional, sus pegajosos fados. Caminar por Lisboa tuvo un sentido muy diferente al de mis deambulares por Jerusalem, en particular por tratarse de una ciudad católica, lo que hace la enorme diferencia y de ahí la de pronto tan proustiana secuela de rememoraciones que me salían al paso en las visitas a las iglesias, los días navideños y su profusión de adornos y luces, los de la Semana Santa y las fiestas de los innumerables santos locales. Y no eran únicamente recuerdos de infancia en las calles de Corregidora y Correo Mayor, el Zócalo, los olores a cera y pabilo quemado, a buñuelos, el peculiar arreglo de los aparadores comerciales; eran también el crujir de unos desvencijados escalones de madera cuando había que ir a buscar las casi inexistentes cintas para la Lettera en anacrónicos edificios y sus no menos añosos despachos idénticos al de mi tío Max, o al taller de costura de mi abuela, los altísimos techos de nuestro salón de clase con el piso de desgastadas duelas rechinonas, la calma chicha de algunos domingos de lluvia torrencial tras los gastados vidrios; eran tardes con sabor y luz a las del mítico estudio en Cuautla 22, la vaga euforia de felicidad latente por llegar, de libertad, de espacio para abrir las alas, la sensación de que algo, un a punto de, quedó irrealizado, la certeza de que ahí se cortó el hilo y dio inicio otro carrete totalmente imprevisto, errado… Por qué Lisboa me devolvía tan vívidos esos sentimientos, no lo sé, sólo se me ocurre pensar en el Amarcord felliniano. Tampoco supe por qué ahí soñé sueños únicos sobre otras vidas que me resultaban familiares (así surgieron “El cementerio” y “La pared de enfrente”) como cada nuevo viejo rincón descubierto, o ese encuentro con Palmira García Coelho a las puertas de São Domingos, la gigantesca iglesia que el temblor de 1775 dejó en pie pero completamente desnuda de capillas, emplomados y revestimientos. Palmira pedía limosna, un poco separada de los otros mendigos y con una dignidad en el porte que me hizo buscarle directo los ojos, para mi sorpresa verdiazules como los de mi madre. Ella me sostuvo la mirada y con un gesto ligero me invitó a sentarme a su lado en el banquillo portátil. —Tú te llamas Raquel —Ése es mi segundo nombre, me llamo Esther— Entonces eres judía como yo, aunque procedo de familia conversa. ¿De dónde vienes? —Soy mexicana— ¿Eres artista? —Escritora— Pues no vayas a escribir sobre mí porque hoy te platico y a lo mejor otro día ni siquiera te saludo. Yo no miento, sólo omito. ¿Por qué tengo que decir dónde vivo, o hablar de mi vida? Allá en mi barrio sigo siendo Dona Palmira, y si mi hijo, hijo único hoy con cincuenta años encima, se entera de que pido limosna, me mata, a pesar de que, gracias a Dios salvo el departamento que es mío, me quitó el dinero y lo que pudo; cocaína, el medio ambiente ya sabes, él era modelo, guapísimo, lo echó a perder. Yo fui actriz y vestuarista en el Teatro Dona María, sí, ése que ves ahí, ya te traeré fotos para que veas lo hermosa que era yo, y rica, tuve coches, pieles, joyas, conocí África, Brasil, Londres, con decirte que a veces viajaba ida y vuelta sólo para comer en el Maxim’s en París, sí, me trataban como a una reina, y reina me sentía, ¿por qué no si mi trabajo me costaron la fama y el prestigio? A mí nadie me regaló nada, y ahora, ya me ves, a mis setenta años, me quito la prótesis dental cuando vengo aquí, no me quejo, pido para pagar la luz, el gas, para comer, pero sí me daría vergüenza que alguno de mis conocidos me viera. Tengo asma y muy debilitados los pulmones, así que no vengo a diario, no tengo fuerzas, y para colmo hay que codearse con estos limosneros que son indigentes pero del alma, envidiosos, mira cómo te ven cada que vienes a saludarme, y cómo babean de rabia cuando la gente me entrega un billete para que les rece por un enfermo o por alguien ya difunto, me tienen confianza a mí y no a ellos, miserables lo son de nacencia y para eso no hay remedio. A ti te conocí luego luego en la tristeza, al igual que tú a mí… Palmira hablaba con propiedad el castellano, castizo ceceo y entonación portuguesa. Directa y clara, me recordaba a Magdalena, tenía el don de videncia —Aunque tú ya sabes que más que dádiva resulta maldición porque la gente no quiere saber, y mucho menos tus más cercanos—, era afable con los feligreses que se acercaban a ella pero hermética, y no hacía distingos en lo que le daban. De la concurrida pastelería La Suiça le llevaba yo gajos de fruta glaseada, pasteis de Belém, queijadas de Sintra, lujos glotones, decía, fuera de su presupuesto. Cuando le avisé que me iba a Israel —Escríbeme, y promete que en cuanto vuelvas a Lisboa vendrás a buscarme—, supe que su hijo había estado en Mitzpe Ramon y que el sueño de ella era conocer Jerusalem. Me dio su dirección, el número de teléfono, y aceptó con naturalidad las ropas que no cargué conmigo. Palmira García Coelho, la entrañable mendiga de São Domingos habría de ser la protagonista central de la novela que hace años me ronda sobre las Diosas Madre —“Del otro lado del río, no de éste sino aquél”, título tomado de un poema de Alejandra Pizarnik—, sacerdotisa arquetípica, imagen de La Ciudad resumida en ese portal de entrada a todas las ciudades recapitulación de asedios y destrucciones, Troya mítica, Hiroshima inerme, Casandra imperecedera eternamente infamada. Mantuve el contacto con Palmira durante mi estancia en Ashkelon, o la llamaba o le enviaba postales que ella respondía. La vi en octubre de 2001 cuando regresé a Lisboa para encontrarme con mi hermana. Un año más tarde, el día de mi cumpleaños, Palmira me esperaba a las puertas de São Domingos con una orquídea blanca —Una flor para quien tiene todo, dijo con picardía. Todavía me despedí de ella, previa cita pues me advirtió que ya salía poco a causa del asma recrudecida. Mientras viví en Jerusalem, al principio, sus cariñosas postales fueron constantes como mis llamadas, luego, poco a poco cesaron y no contestó el teléfono. En 2006, de nuevo otoño en Lisboa para recoger los pasos antes de retornarme a México, a las puertas de São Domingos, una de las mendigas me reconoció y sin más soltó, “su amiga falleció no sé cuándo, dos años a lo mejor, usted hace tiempo que no venía”, y extendió la mano. Entré a la iglesia a rezar por ella, a llorar, a encender una veladora y tratar de consolarme de una pérdida más entre las imprescindibles presencias que dan testimonio en mi vida de mi propio existir.

Les comparto también algunos párrafos del texto La sonrisa de Esther, escrito por Geney:

En dos horas saldré rumbo al Panteón Israelita. Desde el lunes, incluso antes de recibir la invitación por celular, empecé a escribir estas cuartillas, en mi mente. Pero a la hora del teclado, una y otra vez he venido sintiendo que no es esto lo que quiero, debería, podría decir de Esther. O que todo será poco. Escribí un párrafo:

Una escritora (1941-2010) muere. Hablamos luego entonces de su vida: viajes, lecturas, hijos, alumnos, amoríos y pasiones (la mitología, el teatro, las gemas, el tarot, la astrología, uf: las religiones comparadas, la acupuntura, y siempre el viaje, y en el centro de todo la escritura). ¿Cómo? ¿Disminuirlo todo a un puñado de cuartillas? ¿Rebajar la vida a sólo un orden de palabras? ¿Y qué importancia tiene la vida de un escritor que ya no vive acá? Quiero decir: ¿qué le dirá a quien no la conoció y tal vez tampoco siquiera la ha leído? ¿Para qué un testimonio de amistad y mentorazgo, si lo que hace que los críticos hablen de ella no es la amistad ni el mentorazgo ante pocas o muchas generaciones: sino su escritura?

Hasta ahí el comienzo. Luego venía este párrafo, el elogio que al todavíanolector de sus libros le parecerá sospechoso, exagerado.

Sin embargo, cómo hablar de sus libros. Así, tan de repente. Decir que Esther Seligson es una estilista mayor de la prosa en lengua castellana. Que su obra narrativa un día será puesta al lado de las páginas de Virginia Woolf o Yourcenar o la Lispector. O afirmar que La morada en el tiempo es una de las proezas secretas que ha parido la novela en Hispanoamérica: todo esto, ¿qué? Basta leer cualquier relato de Toda la luz para percatarse: ahí la lengua española entrega capa tras capa de tensión y hondura intimista, una expresividad profunda, cargada de matices y resonancias que va desbordándose hasta obligarnos a ese detenerse que se traduce en: Nadie escribe así. Regresemos, leamos de nueva cuenta este párrafo, esta página, este libro, y los sentidos se concentran al máximo gracias a una escritura ficcional que convoca los sueños, el mito, la emoción, la memoria. No sólo los hechos, no sólo el narrar un incidente tras otro, si no lo que viene después en la sensibilidad del personaje, lo que se suma, a la manera de un eco paciente, en su psique: no lo que sucede (no lo que pasa), sino lo que permanece.

Pero (me dije): no hablar de sus libros, no ahora.

Hablar de su generosidad…

Elena Poniatowska nos presenta un retrato de Esther Seligson:

Esther Seligson fue definitiva, difícil, rotunda. De ella conservo una imagen inolvidable. Hace años, en un viaje a Israel, en 1982, la vi venir hacia nosotros por el desierto que rodea Massada, envuelta en el halo dorado de la luz que esparce la arena. Una larga falda del color del desierto (Esther no usaba más que faldas largas) la hacía aún más sorprendente. Con su pelo largo ensortijado, sus facciones de asceta, sus largas piernas de caminante, parecía un derviche, una domadora de la naturaleza. De hecho, en esos días tomaba un curso sobre la vida de las plantas en el desierto y cómo hacen para sobrevivir. “Hay cactáceas diminutas –me señaló– que se alimentan del aire”. A todos nos sedujo Esther y a Adolfo Gilly más que a nadie. La Histadrut reunió en Israel a una serie de periodistas: Carlos Monsiváis, Miguel Ángel Granados Chapa, Virgilio Caballero, Adolfo Gilly, la hija de Gregorio Selser, Irene Selser, Javier González Rubio, Froylán López Narváez y su mujer, Arturo Martínez Nateras y su mujer, y otro joven periodista, cuyo nombre no recuerdo. De inmediato, Esther nos invitó a cenar a su casa blanca dentro de la ciudad amurallada. Era la casa de una asceta. Minimalista. Nos sentamos en el suelo. Cuando abrí el refrigerador para ayudarla a servir la cena, vi en un platito cuatro aceitunas negras y en otro un queso diminuto: “¿Es esto lo que nos vas a dar de cenar?” –pregunté aterrada–. “Sí”. “Esther, no alcanza”, “Claro que alcanza”. No sé qué brujería hizo, o a lo mejor nos dio mucho de beber, pero alcanzó. A partir de ese momento me quedé con la idea de que era un ser singular que hacía surgir el agua del desierto y daba vida a las más mínimas especies.

Continúa aquí.

Esther Seligson

Lamento compartirles que la escritora Esther Seligson murió ayer los 68 años. Es una pérdida para las letras mexicanas y nosotros sus lectores. (Una nota en La Jornada).

La pasada navidad tuve el acierto de regalarme uno de los mejores libros que leí el año pasado: Cicatrices (2009), de la escritora mexicana Esther Seligson. Editado por Páramo ediciones, el libro contiene 19 relatos y un buen de páginas de sabios aforismos que nos sitúan ante lo mejor de la literatura. Narradora, ensayista, dramaturga, crítica, traductora y poeta, Esther Seligson alimenta sus páginas de mitología clásica, historia antigua, diálogo entre las diferentes culturas y onirismo. La escritura de Cicatrices está marcada por una intimidad que perturba, por una sensibilidad estética colmada de intuición y sabiduría. La prosa de Seligson es de una gran transparencia y fluidez, viajera frecuente por el mundo de los libros clásicos. Apenas abrí el libro ya no pude soltarlo. Sus relatos me atraparon; sus aforismos, me interpelaron y me recordaron que ella, Esther, fue la traductora de otro estilista como ella: E.M. Cioran.

Agradezco a la editorial Páramo ediciones y a Geney Beltrán, su director, por haber puesto a circular este bello libro; por enriquecer así, un poco más, la literatura mexicana. Y, por qué no decirlo, la vida.

Quiero compartir con ustedes lo mejor de Seligson, su escritura. Transcribo a continuación algunos aforismos que rescato del libro Cicatrices:

*
Esta mañana no reconocí mi cuerpo al despertar. Ni la mano que lo tocaba y recorría. Toda yo me era ajena, extraña, extrañada de mí misma. Pero, sobre mi desnudez, el sol reventaba de luz y de calor tras la ventana, y me ganó la risa…
*
No entiendo el amor que, para ganar, destruye.
*
La esposa le pasaba por alto los adulterios. Gorda y avejentada, tenía pocos argumentos a su favor.
*
Cioraniana: Deberíamos concederle un espacio privilegiado a nuestros demonios –de tanto en tanto y a todo lujo—, cual si fueran huéspedes reales, so pena de naufragar en la normalidad.
*
Toda su vida la redujo al tamaño de su mezquindad: matrimonio, paternidad, concubinato, y un impulso creativo que se le fue a somnolear entre las impolutas vigilias de la burocracia.
*
El viento trajo a la nube, y la nube al relámpago. Pero soplaba tan fuerte que se llevó a la lluvia. Y al relámpago.
Lejos, tras la montaña, brilla de nuevo el sol.
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Padecía veleidades de Poeta. Pero carecía de la capacidad de entrega: no fueran a robarle la inspiración.
*
Encerrada en su migraña, acusa a Dios de haber creado un mundo tan injusto y malo.
*
—Aún no encuentro los medios para alcanzar mis fines, dice cómodamente inmerso en su mediocridad.
*
Saqueaste mis tesoros sin pudor alguno. Y, aun así, no tomaste nada que no hubiera querido darte.
*
Llevo en la piel las arrugas, fisuras, vientos y asperezas del desierto.
Cuando pregunto ¿me amas? en verdad tal vez esté pidiendo ¿tienes necesidad de mí? ¿puedo depender de ti, confiar en ti? ¿ciegamente? ¿incondicionalmente? ¿me aceptas así, sometida a mi necesidad de depender sin reservas –por un tiempo cuya duración desconozco ahora?
*
El epígrafe puede no ser un huésped sino un intruso, un mensajero de la transitoriedad del texto, de su carácter efímero, errante, transmutable, trasgredible, de su función de ser pasaje, nunca frontera, límite, nunca usurpación, en todo caso subversión. Despertar otras cadencias, otras sonoridades, otra memoria.
*
…los epígrafes son una forma de agradecimiento a todos aquellos que nutren con su voz mi propia voz.
*
El suicida le plantea a los sobrevivientes la gran pregunta irresoluble frente al sentido de su propia existencia.
Irresoluble puesto que la vida, dicen algunos sabios, es Vida, sencillamente, y no “búsqueda de sentido”.
*
Basta con que una vez haya cruzado por la mente la idea del suicidio para que ésta empiece a crecer subrepticiamente como lo hace una mota de levadura en la masa de harina hasta inflarla por completo.
*
No es el temor a la muerte lo que el suicidio despierta en nosotros, sino el miedo a la libertad de elegirla.
*
Suicidas: Andar en los límites del borde, en las fronteras de la nada, en el vacío del ni ser ni no-ser… y cruzar.
*
¿No serán las estrellas cicatrices de las lágrimas que Dios derrama ante el desastre de Su Creación?
*
Cicatriz: Concierto de voces insepultas en el insomnio de la memoria.

….

El escritor Eduardo Mosches escribió el siguiente correo en La Jornada:

In memoriam, Esther Seligson

Querida Esther: Has jugado nuevamente con nosotros. Tu vital pulsión transgresora te ha llevado a que te fueras del planeta, así, en un teatral acto sorpresivo. Esa acción no se esperaba, casi no había un precedente, que medio indicara que tu travieso e intenso corazón tuviera comportamientos indebidos. Y en una acción en que el silencio predominó, te fuiste de escena, dejándonos con el dolor, sumidos en la sensación del absurdo, de lo imprevisto, integrado a ese dolor que roe las entrañas amorosas.

Te fuiste dejando atrás tuyo, los jóvenes que pasaron a lo largo de muchos años por tus clases en teatro universitario, las revistas que acogieron tus ensayos, tus poemas, tus narraciones, las conversaciones largas con los amigos, los textos traducidos del francés, tus libros de prosa y poesía, tus conferencias, los paseos a profundidad por los pensamientos religiosos, tus caminatas por el Tíbet, por las calles agrietadas y sinuosas de Jerusalén, por ese París de las sorpresas y el lenguaje literario, deambular al mediodía por algún parque de la Condesa, tomar el pájaro de la ética y sobrevolar con él sin renunciar a la crítica de lo conocido, los conocidos y los por conocer. Más el intenso deseo de aventurarse a lo desconocido.

Y así nos dices tranquila y sonriente, con ese tono informal y destructor de las buenas costumbres: “ …es difícil saber donde termina la desazón y donde comienza la fe, dice el Poeta. Y, sí, los días son una red de triviales miserias, oblicuos, quejumbrosos, pero cómo puede rescatarlos la plenitud de un abrazo, un éxtasis, una luz.”

Bueno, tu apellido también guió tu vida, con todo y vericuetos, hija de la dicha. Chau, Seligson, has quedado debiendo el abrazo. Me duele.

Eduardo Mosches


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