Consumo entre escombros

Mario González Suárez, La sombra del sol, Almadía, primera edición, México, 2007, 147 pp.

Consumo entre escombros

Sin más interrupciones que los sorbos de café, bastó una tarde para devorar el ingenio y la desbordante imaginación de Mario González Suárez (Ciudad de México, 1964) en uno de sus últimos libros, La sombra del sol, que cierra, como lo ha expresado el autor, la trilogía narrativa que comenzó con Nostalgia de la luz (1996) y continuó con, quizá lo mejor que ha escrito, El libro de las pasiones (1999).

Si en algo ha tratado de ser congruente Mario González, Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 1997, ha sido en la intención de explorar y experimentar a través de la novela y el cuento, además de subvertir los géneros literarios, en cuya frontera, al igual que J. M. Servín, no cree. En La sombra del sol se conjugan con gran oficio la narrativa y la obra dramática, el relato y los diálogos rápidos, directos, que nos permiten conocer, por su propio discurso, a los personajes. Historia dentro de otra historia: se monta una pieza en tres actos, El meteorito, dirigida por un excéntrico semidiós, Eugenio Cortina, que dirige una obra cuyo guión en realidad no está escrito. ¿Asistimos a una representación o es una catástrofe escenificada?

El planteamiento comienza con un misterio: en una completa oscuridad, abrazados por una neblina de polvo y atrapados entre un montón de escombros de un supermercado, un gerente, un empleado, una embarazada y su amiga, un alcohólico y un angelical niño cerillo, tratan de sobrevivir en espera de ser rescatados. Nadie sabe qué pasó; pudo ser un sismo o un atentado terrorista contra un emblema de la sociedad de consumo; un ataque de los ascetas enemigos de la esclavitud laboral contra el afable consumidor que trabaja para perpetuar su consumo, maniquí que empuja el carrito de compras inundado de perecederos o de objetos innecesarios.

En un plano realista, La sombra del sol es la escenificación absurda y distópica de lo que Bauman llama la vida de consumo: el culto de lo efímero, el fetichismo de la mercancía perecedera, el amor por la caducidad y el consumo de más y más comida (“A la comodidad se sumó la alienación de disponer permanentemente de comida”). Se trata de una “época en que la gente compra por motivaciones del todo ajenas a la necesidad o el abasto”, una era en la que todos tienen todo, pero aun así la pasión por el shopping es insaciable.

Aunque el escenario en el que Mario González ubicó a sus personajes-consumidores era bastante predecible, al mismo tiempo no debe olvidarse que asistimos a una representación teatral siniestra, bajo la dirección de Eugenio Cortina, y qué mejor espacio que un supermercado bajo escombros, una situación extrema donde florecen las pasiones y las fantasías de los sobrevivientes. A pesar de que el barco se hunde, cada una de las víctimas se aferra al mástil de sus estúpidas y peregrinas pasiones.

La sombra del sol no es tan vulgar como para ser una obra de denuncia, sino, como escribí antes, es casi una pieza dramática. Resume poco, más bien escenifica. Y a partir del Acto segundo comienza a bordear la narrativa fantástica y de ciencia ficción, a fusionar la realidad de los personajes con la mitología. Es aquí, sobre todo, en esta fase apocalíptica, donde la ficción se torna mucho más delirante y donde el muro de los géneros termina desplomándose; Arreola y Schwob resuenan.

Por la calidad irreverente de su obra y lo diáfano de su prosa, extraña que a estas alturas Mario González no concite entusiasmo entre un mayor número de lectores; pero si uno advierte que sus relatos no están escritos para mimar a un lector perezoso y conformista, acostumbrado a las intrigas prefabricadas de los best-sellers o a la ramplonería de un realismo servil y soso, falto de inventiva, entonces entiende la relativa marginalidad de este escritor. Con La sombra del sol Mario González se reafirma como uno de nuestros más finos prosistas y uno de los autores empeñados aún en explorar las posibilidades de la literatura, en tanto lenguaje de la pasión humana.

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2 respuestas a Consumo entre escombros

  1. Edú dice:

    Saludos, Irad, ya me estoy haciendo más habitual de tu blog, a ver cuánto me dura porque en cuanto se venga encima la tesis, quién sabe.
    Mario González Suárez me parece a mí uno de los mejores narradores en México, y que sí, ha pasado medio desapaercibido. El libro de las pasiones y Marcianos Leninistas son dos grandes textos, y Mario goza de lo que muchos narradores en México, pero en realidad, en donde sea, carecen hoy en día: Imaginación. Basta leer un cuento que viene en Nostalgia de la Luz, que se llama, creo, Taracanes, o el cuento de La enana en El libro de las pasiones. Habría que conocerlo más, leerlo más, la imaginación, hoy en día, parece despreciada.
    Por cierto, has leído a Danilo Kis? Es un escritor Serbio, de la ex Yugoslavia, que murió joven, en los años 80, es genial, ya les llevaré un par de libritos que tengo, vale la pena. un saludo.
    Queda una semana.

    el Edú

  2. Irad dice:

    Edú:

    Sí he oído hablar de Danilo Kis, pero no tengo nada de él, así que si lo promueves por acá me dará mucho gusto.

    Suscribo todo lo que dices de Mario González, así quise expresarlo en la reseña: mi azoro ante la indiferencia de los lectores frente a un escritor asaz imaginativo y de una prosa limpísima. Claro, no estoy esperando una masa de lectores, sino que se incremente el número de esa inmensa minoría que lee literatura.

    Desgraciadamente no pude encontrar acá el de Marcianos leninistas, pero El libro de las pasiones sí, me llegó vía Mariel Iribe. El cuento de La Enana de lo mejor; de hecho, lo había conseguido ya en las ediciones de La centena. En fin un buen escritor y de esos raros o excéntricos, como prefieren decir los intelectuales.

    Espero la próxima semana reseñar la nueva novela de Mario González, A wevo padrino, comentada ya por Élmer Mendoza en Hoja por hoja.

    Acá te esperamos.

    Saludos!!

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