Mario González Suárez, A wevo, padrino, Mondadori, primera edición, México, 2008, 197 pp.
Una novela más
Como lector ordinario, sin mayor exigencia que el placer de leer un libro, yo aplaudiría sin duda esta novela. Es medianamente una buena historia, entretenida, bien escrita, los personajes son completamente verosímiles y la trama, aunque muy elemental, funciona. Y no podía ser de otro modo. Mario González Suárez (Ciudad de México, 1964) es un narrador con experiencia y con talento, conoce muy bien el oficio. El autor de casi una decena de libros de narrativa, entre los que destacan De la infancia (1998), Nostalgia de la luz (1996), El libro de las pasiones (1999), Marcianos leninistas (2002) y La sombra del sol (2007), es, ya se ha dicho, un prosista impecable. Quizá una de las mejores virtudes en su trato con la prosa, además de la transparencia, es su agilidad para narrar, para precipitar los hechos y las acciones, para joder a sus fársicos personajes.
En la reciente novela de Mario González, A wevo, padrino, despuntan una vez más las cualidades citadas del autor. Sin embargo, hay un giro en la temática acostumbrada. A pesar de que su narrativa se ha columpiado, titubeante, entre la realidad y la fantasía, entre la utopía y sus alegorías, en esta novela Mario González ubica (a veces encalla) su historia en una realidad mexicana a secas, corrupta, traficante y violenta.
Narrada en primera persona por un taxista dipsómano y locuaz, originario de Guadalajara pero que decide mudarse a Mazachúsetz (Mazatlán) por seguir a su hermosa mujer (Lucy). Sin saber lo que el destino le tenía preparado, visita la cantina El chapo para tomar unos tragos y ahí se encuentra con el capo Jaime Cuéllar, uno de esos antiguos compañeros de prepa que uno jamás desea volver a ver, delincuentes en potencia cuyo fruto madurará sin dificultades. Con este encuentro que termina en balacera comienza en realidad la historia, a la vez épica y de aventuras. La vida del protagonista da un vuelco. Por estar en el lugar equivocado se hará cómplice de Cuéllar y entrará pronto en su hábitat: tráfico de drogas, mucho dinero, desmedida ambición, traición, muerte, camionas, fogones, matracas, morras, grifa y una rampante complicidad con todo tipo de autoridades (civiles y militares), tanto del Distrito Federal como de Sinaloa, Sonora, Baja California y hasta de los Estados Unidos. En Tijuana, confiesa en alguna parte el narrador, “hasta el último tránsito de la última esquina del pueblo estaba en la nómina del Jaime”.
Al distanciarse del discurso embustero del poder y al evidenciar el comercio rutinario entre gobernantes y criminales, Mario González evitó que su novela se hundiera en el maniqueísmo chato de buenos contra malos, de impolutos bien-peinados que luchan contra los “enemigos de México”. Si A wevo, padrino no es una denuncia, sí es una réplica a la mendacidad inalterable de quienes nos gobiernan. ¡A nadie engañan! “No hay buenos ni malos –dice en entrevista el autor—, aunque en los medios te hacen creer que el gobierno es bueno y que los delincuentes son malos, pero en este libro podemos ver que no sabemos quienes son peores, se confunden, ambos participan de una actividad delictuosa, que a través de los medios quieren maquillar: la infinita hipocresía del poder político se puede apreciar muy bien en estas páginas”.
Como lector común, escribí arriba, no opongo mayor objeción a esta novela. Me entretuvo. Sin embargo, como reseñista, como un lector más exigente, me sentí muy cerca del tedio y de lugares ya comunes para mí. Por su manido tema, su estructura más bien simple, su lenguaje decididamente coloquial, su trama y sus folclóricos personajes, A wevo, padrino, llega tarde a la narrativa. Le preceden La novela inconclusa de Bernardino Casablanca (1994) y Cástulo Bojórquez (2001), de César López Cuadras, Un asesino solitario (1999) y El amante de Janis Joplin (2001), de Élmer Mendoza, Mi nombre es Casablanca (2003), de Juan José Rodríguez, por sólo mencionar algunas novelas que anticiparon la fórmula que ahora, pienso, sólo se repite en una cadena de clichés que responden, aquí sí puntualmente, a una demanda del mercado, siempre ávida de emociones comestibles. Desde este punto de vista, A wevo, padrino es una novela más. Innecesaria, redundante.
