Biblioteca desordenada

En su ensayo The Well-Tended Bookshelf, la reseñista de Salon, Laura Miller, cuenta que al querer dar una manita de gato a las paredes de su pequeño departamento tuvo que reunir todas sus posesiones en el centro de su cuarto. Sin embargo, se topó con serio obstáculo: su biblioteca, sus libros. Como hierba montesa, la biblioteca había crecido y los libros habían comenzado a desparramarse por las esquinas y huecos disponibles de cada uno de los libreros, así como en las superficies de otros muebles. Habiendo reseñado cientos de libros en 20 años, Laura Miller no cree en la idea romántica de que el crítico debe poseer los libros sobres los cuales ha escrito. A pesar de no ser tampoco una coleccionista, había fracasado ante la sutil biblio-invasión. ¡Era hora de limpiar!

Hay quienes guardan únicamente los libros que han leído y mantienen una biblioteca como si fuese su autorretrato intelectual, espejo de sus gustos, fantasías y hasta sus perversidades. Te muestran su santuario y te dicen: “he aquí lo que he leído, lo que soy”. Hay otros cuya biblioteca revela más un plan, un proyecto de lectura, que un pasado de años dorados. Pueden pasarse la vida sin leer, sobando únicamente su proyecto. Te muestran libros nuevos, todavía forrados, y te dicen que algún día los van a leer: “están haciendo filas”.

Yo me quedé en el medio de estas dos escuelas que nos ofrecen una justificación respecto a cuáles son los libros con que uno debe quedarse. Por ejemplo, conservo aquellos que leí, pero también los que no he leído y quizá no leeré. Nunca he llevado a cabo una purga de libros y ahora creo que debería, pues ya empiezan a restringir la libertad de tránsito en casa. Hay pequeñas torres de libros que son tan molestas e indignantes para el paso como un retén policial. Y ahora que me he visto obligado a poner atención, descubro que guardo libros tan malos que no deberían ocupar lugar en los libreros, los cuartos, la sala y la cocina. Me avergüenza decirlo: no hace mucho tiempo vi un libro de Luis Pazos (que me regalaron, por supuesto) ¡junto a Ortega y Gasset!; encontré también un volumen malísimo e ilegible de poesía local (y de poetas provincianísimos) conviviendo, lomo a lomo, con César Vallejo y Xavier Villaurrutia. ¿Es esto necesario? Creo que no. ¿Pero qué desechar? ¿Únicamente los libros malos o también los que ya no leeremos por absoluto desinterés en el tema?

(Ilustración de Adam Simpson)

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6 respuestas a Biblioteca desordenada

  1. banana dice:

    ja.ja.ja. qué difícil situación. mis libros también viven una vergonzosa desorganización, desde mi última mudanza: están metidos en la parte de arriba de mi clóset, quién sabe qué clase de orgías organizarán por las noches cuando no estoy.

    por fin escribí mis memorias de lectora. cuando quieras puedes venir a visitar.

  2. Irad dice:

    banana:

    Gracias por tu comentario (¿todos seremos igual de desordenados?) y qué bueno que avisas, pues en días pasados anduve de visita por tu blog y no encontré tus memorias. Ahora mismo me dirijo hacia allá.

    Saludos!!

  3. En algún momento llegué a tener como 2000 libros y francamente había de todo: desde una edición extrañísima de Hojas de Hierba, editada por Novaro hace mucho, hasta una puñado de
    libritos de la UAS, pasando por digestos de linguística. Poco a poco me deshice de muchas cosas hasta dejar una biblioteca peinada,muy organizada y funcional. Sin embargo caí otra vez en el indisciplinado afán consumista de hacerme de libros baratos e innecesarios y volví a sobrepoblar los anaquenes, hasta obligarme a practicar de nuevo la depuración sustancial. Hoy en día mi biblioteca es un caos, es un puño de papel embotado que pugna por el dudoso equilibrio de un librero minúsculo. Sin embargo, creo que tengo pocas cosas que me sobren. Al contrario, me faltan algunos libros para complementar a muchos de los autores que abrillantan mis afanes lectores: Un niño, de Thomas Bernhard, para completar su falsa autobiografía de cinco títulos. Manual de Inquisidores, de Lobo Antunes. El Hombre sin atributos, de Musil. La poesía de Juan Manuel Roca, La Poesía completa de Antonio Gamoneda, el tomo 2 de la poesía completa de José Ángel Valente, entre otros. Un saludo.

  4. Irad dice:

    Jesús Ramón:

    Cuando escribí este post pensé en lo que has comentado y me han comentado tanto Frank Meza como Paco Alcaraz. Que uno puede ir a los libros usados y ser abatido por el hallazgo literario de un libro que dejaste por ahí luego de alguna depuración. Algunos aún con tu nombre. Pienso en esto y caigo en la cuenta de que yo no he podido depurar, que no puedo deshacerme todavía de un libro. Quizá un sentido pervertido de la posesión me lo impide, ¡pero debo hacerlo ya! A mí también me faltan muchos libros; el problema es que igualmente me sobran. ¿No sé si aún me sirve tener la historia del PNR, abuelo del PRI, entre mis libros?jeje

    Saludos!!

  5. Uta, no sé para que puede servir. En Culiacán es difícil encontrar incluso ya calentadores rusticos para poder darle un uso más práctico. No hace mucho, en casa de mi madre me encontré un par de libritos antológicos que conservó por razones sentimentales: Quiero contar las huellas de una tarde en la arena, de Elmer Mendoza, y un ejemplar de la revista El Cuento, donde viene el primer relato, creo, que Juan José Rodríguez -amigo entrañable- publicó a nivel nacional, a los 16 años. Recién conseguí, por cierto, la Poesía de William Ospina, un excelente poeta colombiano, en la Gonvill, a precio bastante accesible (un mostrenco más a poblar la hermosa porqueriza de pie -eso parece- de mi librero). Un saludo.

  6. Irad dice:

    Jajaja, creo que ni el librero de viejo, el Archie, me los aceptaría. Yo que siempre pateo el pesebre de la librería gonvill, pues la critico por su pobreza pero no salgo de ahí, te felicito por tal hallazgo poético.

    Saludos!!

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