Virginia Woolf, Un cuarto propio, Alianza Editorial, tercera reimpresión, España, 2004, 125 pp.
Pasión lectora
En octubre de 1928, la escritora inglesa, Virginia Woolf (Londres, 1882 – Sussex, 1941), asistió a los colegios Newnham y Girton, en la Universidad de Cambridge, para ofrecer una conferencia sobre “Las mujeres y la novela”. Había publicado ya cinco novelas, entre las que destacaban La señora Dalloway (1925) y Al faro (1927), además de un libro importante de ensayo (El lector común, 1925) y reseñas en publicaciones como The Guardian y The Times Literary Supplement. Virginia Woolf, pues, no era una desconocida. Tenía cuarenta y seis años y había revelado desde su más temprana escritura una profunda y comprometida originalidad literaria, que rompía, conscientemente, con el realismo decimonónico y la novela de costumbres, para explorar las aguas intranquilas de la subjetividad. Era una mujer inteligente, bella, pero sobre todo nerviosa y muy sensible, asustadiza y frágil, acosada por la locura desde sus trece años. Tuvo la suerte de ser educada por instructores que le enseñaron griego, latín y aritmética, y por su padre, el también escritor, Leslie Stephen, quien abrió las puertas de su biblioteca privada a una adolescente que pronto devoraría libros de literatura inglesa, de historia, de política, etcétera. En una época en que se creía inútil que las mujeres estudiaran, pues su deber era conseguir marido y atenderlo, los libros fueron, para Virginia, su Universidad. ¡Y qué Universidad! La pasión lectora de la niña inquietaba al padre: “Criatura, cómo engulles”. Para sí mismo, se decía: “Ginia está devorando libros, casi con más rapidez de la que yo quisiera”.
Leer los diarios o novelas de Virginia Woolf es casi como tumbarse en un bote, mirar la puesta del sol y abandonarse al vaivén del movimiento del mar. Cuando menos lo piensa uno, casi sin percibirlo, es parte ya de su ritmo y está atrapado como en una ensoñación. Ocurre lo mismo con sus ensayos y conferencias. Las ideas y los argumentos de Woolf son más bien un conjunto de metáforas en movimiento, que avanzan y regresan, se levantan y caen como las olas del mar. Se le puede rebatir, pero como en una pelea con Hazlitt y con Wilde, uno siente que pierde ante su inteligencia o su ingenio, y se regresa a las primeras páginas para volver a leer aquello que dio comienzo al ensayo o a la crítica: una tesis, un argumento, una opinión, una evocación o una desnuda metáfora. Virginia Woolf fue una esteta de tiempo completo, una artista que se entregó a la escritura para, desde esa trinchera, rendir culto a la belleza y poder hablar su misma lengua, la que también hablaron Homero, Shakespeare, Johnson, Sterne, Montaigne, Emerson, Wordsworth, Emily Brontë… Para la autora de Al faro, no hubo murallas que separaran a la crítica de la creación. Y sí las hubo, no las respetó, como tampoco lo hizo Baudelaire en las décadas anteriores. Las atravesó sin pedir permiso a nadie, segura de su genio. Escribió sus ensayos críticos con el mismo cuidado de quien escribe una página literaria. En este compromiso total con la literatura, en el que se confunde a veces la verdad con la belleza, el juicio con la metáfora, están las virtudes y los defectos de la ensayista Virginia Woolf. Como crítica, quizás fue demasiado imaginativa. Rónán McDonald, en The death of the critic (Continuum, 2007, p.88), escribe:
…for Woolf, criticism as well as literature needs to be distinguished from science. It emerges, like the art it describes from social conditions and particular perspectives. What makes Woolf’s criticism so vivid is the deft weaves of language and metaphor, her critical practice rather than any elaborate theory. At its best, such as in her writings on Henry James or Jane Austen, it reveals that the art of criticism is itself imaginative work, a web not a pebble.
Un cuarto propio, publicado en 1929 por Hogarth Press, la editorial fundada por la propia escritora y su esposo, Leonard Woolf, es el libro que reúne las mencionadas conferencias que Virginia ofreció a dos colegios de mujeres en Cambridge. Un lector despistado esperará encontrar en este libro una erudita reflexión histórica sobre las novelas escritas por mujeres o crítica literaria sobre Jane Austen, las hermanas Brontë o George Eliot, por mencionar a algunas de las novelistas británicas más importantes. Pero Virginia responde siempre de una manera inesperada, con esa singularidad y sensibilidad que la caracterizaron. Al inicio de su charla-lectura, luego de disculparse por no poder ofrecer las grandes verdades de la ciencia sobre el tema “Las mujeres y la novela”, por ser “dos problemas que no he resuelto”, luego de revelar que fue a la orilla de un río para pensar sobre el asunto, la escritora deja caer, frente a un auditorio de muchachitas, una opinión un tanto desconcertante: “para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio”. Después de esto, nos anuncia lo que en realidad será la lectura de su texto: “Voy a desarrollar ante ustedes, con toda la plenitud y franqueza posibles, el proceso mental que me condujo a ella [la opinión]”. Y en efecto, Un cuarto propio, como los mejores ensayos de Montaigne, es la exposición del proceso de pensar, de rememorar e imaginar sin amarras, que llevó a Virginia Woolf a sostener que el acto de creación literaria depende de una libertad intelectual, que a su vez depende de ciertas condiciones materiales necesarias para entrar al mundo interior propio. Y en esta historia, la mujer inglesa –que es sobre la que reflexiona Woolf– ha venido perdiendo. Sea en los siglos XVI, XVII o XVIII, a las mujeres se les negó la educación y la práctica profesional de la escritura. Lo suyo, “naturalmente”, era prepararse para el hogar y obedecer los caprichos de su cónyuge.
En esta composición literaria, mezcla de flujo de conciencia, narración, ensayo y crítica, Virginia Woolf nos propone imaginar qué hubiera sucedido si Shakespeare (1564-1616) hubiera tenido una hermana dotada con el mismo genio literario. Mientras Shakespeare hubiera ido al liceo para aprender latín y leer a Virgilio y Ovidio, estudiar gramática y escribir, Judith, así llamó la autora a esta hermana ficticia, se hubiera quedado en casa para zurcir o guisar por órdenes de los padres o de su marido. Quizás hubiera intentado leer, pero la hubieran reprendido sus padres por perder el tiempo en actividades sin beneficio concreto para las mujeres. “El genio de Shakespeare”, expresa Woolf, “no nace de gente de trabajo, ineducada y servil”. El talento se trae y puede florecer con el estudio y la preparación, o puede yacer y marchitarse hasta su completa decadencia por falta de oportunidades para que progrese. Uno puede replicar, como nos recuerda Harold Bloom, que no hay necesariamente contextos sociales ni condiciones particulares para que se produzca la “gran literatura”. Pero Woolf, la lectora voraz de libros, pensó en algo más modesto al dictar estas conferencias. Pensó en la importancia de tener un lugar para encerrarse a leer y a escribir, para dialogar con la poesía de Shakespeare y, por qué no, emular su arte. Placeres que difícilmente podrían llevarse a cabo si falta un techo o un espacio libre de interrupciones. Si en Un cuarto propio hay elogios, éstos son para la lectura y la conversación. Uno de los motivos que la llevaron a escribir este ensayo y abordarlo de esta manera, lo confiesa la autora, es en parte egoísta: “…me gusta leer […] me gusta leer libros en montón”. Esta confesión debió ser suficiente para desalentar las lecturas puramente políticas de este pequeño libro, pero no fue así. Un cuarto propio se ha leído, se ha querido leer como documento político feminista. Al leerlo así, sin embargo, se le reduce a lo que ni Orwell hubiera aceptado: a política partidista. Un cuarto propio es mucho más: es un ensayo literario de resplandeciente imaginación en el que uno puede seguir con la mirada el revoloteo de una gran inteligencia del siglo XX. Virginia Woolf escribió literatura y no otra cosa.

Estimado Irad: Qué tal! Pasaba de fisgón por este espacio que ya algunos me habían recomendado. Y bueno, tu ensayo -más amplio aquí que en Noroeste- es muy interesante.
Sólo me sorprende que en la parte final concluyas de la siguiente manera: “Virgina Woolf escribió literatura y no otra cosa”. Pregunto: ¿Y qué es la “literatura”? Sé que no es -aunque en muchos casos lo ha sido- un manifiesto político, pero no por ello se puede prescindir de su lectura política y, por supuesto, de otras posibilidades de lectura. Quizá Orwell sabía que estaba escribiendo “literatura”, pero al menos en Rebelión en la granja y 1984 es evidente su intención política, la cual es una verdadera sátira la primera, y una real protesta la segunda, contra el régimen estalinista.
Saludos.
Mi estimado Javier:
Antes que nada, muchas gracias por venir acá, bienvenido. Sólo me disculpo porque no he podido actualizar debidamente el blog, pues ando un poco enfermo y sin energías. Espero pronto recuperarme.
Javier: Por supuesto que las conferencias o ensayos de “Un cuarto propio”, tienen o pueden tener una perspectiva política, sin duda. Por eso me cuidé en decir que de estos textos no deberían hacerse, desde la crítica literaria, “lecturas puramente políticas”, es decir, reduccionistas. Y si lees el libro y, más aún, la biografía de su autora, te darás cuenta que a Woolf le interesaba sobre todo la literatura, el aleteo vigoroso de las metáforas y el compromiso con un lenguaje decididamente estético y no utilitario. Hay una parte en el libro de “Un cuarto propio” en la que dice que entre el dinero y el voto, preferiría el dinero. Y no porque le guste la riqueza, sino porque estaba pensando en “haraganear, viajar, admirar la belleza, para luego leer y escribir”.
En cuanto a Orwell, uno de los escritores que más admiro, fue un escritor que nunca se confundió. Cuando escribió panfletos lo hizo concientemente, y cuando lo quiso, se fue a participar en la Guerra Civil española. Pero cuando escribió ensayos, novelas o crónicas, es decir, literatura, jamás, jamás, subordinó la estética a la política partidista. Por eso lo seguimos y seguiremos leyendo como un clásico literario. Si tu quieres, como un escritor político, pero a todas luces, un escritor.
Te mando un abrazo y me dio mucho gusto que trajeras a Orwell a la discusión.
P.D. Por cierto, no pierdas de vista la expresión caprichosa de Woolf, al final de su charla: “me gusta leer libros en montón”. Por eso quiere un cuarto propio para las mujeres, para que imiten a Austen, y no para que tomen las calles.
Bastante interesante la visión que transfieres de Virginia Woolf sobre su pasión lectora y lo que deseaba para las mujeres.
Andas perdido de estos rumbos, ya andaba pensando que andabas exiliado en Paris, para salvarte de la influenza. Ya vez que ahora ya no son balas sino pura mala influencia.
Esperando que regreses pronto al ataque.
Sí, Apostol, con el objetivo de evitar aglomeraciones literarias, decidí parar un poco las actividades de Acantilado, y más cuando se acabaron los cubrebocas.
Saludos!!
Irad, a poco andas por Paris y no me he enterado. ¿Cuál será el ataque de la mala influencia? En todo caso, evita una frase como “escribió literatura y no otra cosa” aunque estoy un poco borracha, reconozco que esa frase tiene algo de autoritarismo, y en todo caso, sólo podría ser la conclusión de un argumento. Si estuvieras estudiando en Paris, salvandote de la influenza, te mataban en la academia francesa con una frase de ese estilo…
Miriam:
Ignoro de dónde vendrá “la influencia”, pero tal afirmación autoritaria intentó ser, si no la conclusión, sí el resultado de una serie de afirmaciones sobre este ensayo. Extraliterariamente, el texto sirvió a algunas mujeres como argumento feminista y, en el fondo, algo hay de esto. Woolf apoyó el movimiento sufraguista, pero “Un cuarto propio” está lejos de ser un panfleto, en el peor sentido del término. Es, intencional y casi dolosamente, un ensayo LITERARIO, narrativo. Todo lo subjetivo que quiso Mrs. Woolf.
¡Qué envidia tu borrachera!! Todavía recuerdo la extensa variedad de cervezas que venden frente a tu depa.
Saludos!!