Una “mejor crítica”
A propósito de la publicación del libro The Story About the Story, antología de ensayos críticos compilada por el escritor norteamericano J.C. Hallman, los editores de The Quarterly Conversation, encantados con la noticia, decidieron leer y publicar en su sitio web el ensayo introductorio al libro, escrito por el propio autor, pues expone el tipo de crítica literaria a la que aspiran en The Quarterly Conversation y de la cual son ejemplo los ensayos reunidos en la obra.
Si entiendo bien, la tesis principal de Hallman es la siguiente: está en ascenso un tipo de crítica literaria cuyo modelo es la escritura de los escritores, es decir, la escritura “creativa”. En otras palabras: “creative criticism”, crítica creativa. Podemos traer a la memoria a escritores que hicieron una cosa y otra, valiéndose del lenguaje de la metáfora, de la poesía: Baudelaire, Paul Valéry, T.S. Eliot, Virginia Woolf, Orwell, Alfonso Reyes, Borges, Paz, Susan Sontag, John Updike, Joyce Carol Oates, James Wood, etcétera.
La clave en este modelo de crítica está en recontar (retelling) la historia del libro que se reseña (pensando en la narrativa), utilizando no un lenguaje académico o teórico sino metáforas u otros recursos literarios que conviertan a la crítica en literatura duradera. Por eso el título: The Story About the Story. Según Hallman es esta forma de crítica literaria la que se va imponiendo.
Sobre el tema escribió James Wood:
The written equivalent of the reading of a poem or a play aloud is the retelling of the literature one is talking about; the good critic has an awareness that criticism means, in part, telling a good story about the story you are criticizing.
How to achieve that retelling? There is a kind of writing through books rather than about them that we recognize in the greatest writer-critics. This writing-through is often achieved by using the language of metaphor and simile that art itself uses.
A continuación destaco un párrafo del texto introductorio de Hallman:
Writers, I noticed, often stressed the tactile sensation of books. They rejected the “literary pilgrimage” (some even as they executed one), and they were perfectly comfortable saying that they simply liked a book—or disliked it. While critics tend to use literature to expose writers’ biographies, writers used biography to shed additional light onto the work. They were also comfortable with inconvenient realities, like the fact that we forget stories, or that a book means something different if you read it at eighteen and again at fifty. Writers set out to celebrate the work rather than exhaust it, and all the essays I found, in keeping with Wood, amounted to a story about a story. It was impossible to identify a common thread among them, but they were all part of a movement—not a movement based on some critic’s theory, but one that emerged organically out of a common love and creative insight.
…
Por su parte, los editores de The Quarterly Conversation, luego de leer la introducción de Hallman, escribieron un ensayo sobre “la manera correcta de escribir crítica”. Van algunos fragmentos:
The piece, in our humble opinion, points toward an educated, unpretentious form of literary critique that serves both literature and the everyday reader. When people want to know what we’re looking for in this magazine, we’ll point them to Hallman’s essay and those he has collected in the book it prefaces.
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Let start with something simple, obvious, and too-often unobserved: good literary criticism is good literature. It is a literary genre in its own right, and to write it as any less is to fail it.
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Hallman mentions two celebrated critics who say as much: Susan Sontag in the affirmative (criticism should set out to “serve the work of art, not usurp its place”), and James Wood in the negative (we must not be “the detective [who] writes up his report in hideous prose, making sure to flatter himself a bit, and then goes home to a well-deserved drink”). What Wood and Sontag are both after is a criticism that is first and foremost an attempt to communicate—after that comes elucidation, and if in the process egos are flattered, then it is of no matter to anyone but the shallow.
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The point is that criticism need be a creative endeavor […] And in this creative endeavor a critic’s foremost goal should be to engage: a desire to engage one’s reader is the surest mark of passion, and passion always discloses honesty—something, sadly, in too short supply these days—and it always inspires an urge to communicate, be it when explaining how a book operates, when shouting out its virtues, or when winking at its defects.
In short, a good critic will (to draw on Nabokov) be a storyteller, a teacher, and an enchanter. The critic will tell us a story, the critic will educate us, and the critic will convey some of the enchantment of the reading experience. Thus with every word, sentence, and paragraph the good critic will remind us why we’re spending time discussing a book in the first place.
…
En alguna parte de la introducción a su libro, Hallman sostiene que “una mejor crítica”, la creativa, está por llegar. Lo cual implica, desde la perspectiva del autor, que la teoría, o más bien, el exceso de teoría, está por marcharse. No tengo elementos para desmentirlo, pero tampoco nos ofrece en este extracto razones suficientes para ser optimistas ante la llegada de una “mejor crítica”.
En México, Enrique Krauze y Rafael Lemus son menos entusiastas respecto al estado de nuestra crítica, particularmente de nuestra crítica literaria académica; de acuerdo a su diagnóstico, exponen lo siguiente:
La ausencia de placer y/o aversión. En la academia rara vez se lee para comunicar un placer o para acercarse a una obra con entusiasmo o irritación. Se lee, supuestamente, con neutralidad, como si la crítica fuera una más de las ciencias sociales.
La omnipresencia de la teoría. La teoría literaria es provechosa cuando ayuda a leer mejor una obra, no cuando pretende sustituirla. Sin embargo, los académicos suelen partir en sus lecturas de un “modelo teórico”, no de la obra misma, y se empeñan en acomodar el libro dentro de ese marco ya predeterminado.
La inmovilidad. Una de las funciones de la crítica debería ser la de poner en movimiento los libros: relacionarlos unos con otros, y unir la literatura a procesos culturales, políticos e históricos más amplios. La academia hace habitualmente lo contrario: aísla las obras, estudiándolas en el vacío, al margen de la sociedad en que aparecieron.
La especialización excesiva. Los genuinos críticos literarios aspiran a una visión amplia, generosa, humanista. En el mundo académico, no obstante, se estila lo contrario: desdeñar la pluralidad y complejidad del mundo para concentrarse en un solo autor, en un solo periodo de un autor, en una única obra de un autor.
La endogamia. La academia -esto es fundamental- no necesita del aval del público: produce para sí misma y se consume a sí misma. La literatura, por el contrario, es impensable sin la colaboración de los lectores; es, de hecho, un diálogo polémico entre los lectores y los autores. Su único aval es el aval del público.
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Así están las cosas.
Publicado en CRÍTICA LITERARIA, REVISTAS


Noviembre 22nd, 2009 a las 4:47 am
Qué onda Irad,
nos conocimos en el Sully. Qué gusto leerte. Me agrada bastante este texto sobre la crítica, creo que es una buena exposición de cómo están las cosas. Wood y el Quarterly discuten sobre temas que ya han sido desarrollados a las mil marravilas por gente como Coetzee y W.Benjamin. Sus reseñas son claros ejemplos del ideal expuesto, claro que siemper es bueno repasar ese mismo ideal. Krauze y Lemus, por su parte, defienden sus trincheras, atacando de manera generalísima -y con gran desconicimiento- los defectos que la academia ha discutido y detectado desde hace, a lo menos, veinte años. La carencia de una crítica social, la especificidad del estudio, la fijación con la forma, todas represanta corrientes de crítica literaria -formaliso, post-marxismo, post-estructuralismo- que han adoptado los académicos. No son defectos, son opciones. Para hablar de literatura, a veces se requiere un poco más que ganas. Esto, claro, no lo digo por ti, ni tampoco por el Lemus, que, de hecho, me gusta bastante leerlo, sino para evitar una dicriminación un tanto burda. Dirigda desde las cómodas trincheras de una revista de gran difusión o una universidad con buen salario.
Enhorabuena y felicidades por el texto!
Noviembre 23rd, 2009 a las 9:27 am
Mi estimado Alex:
Por supuesto que me acuerdo de ti (¡puro Puebla!) tanto como del Sully y su cerveza barata. Ma da gusto que escribas y saber de ti.
Sobre el ensayo de The Quarterly Conversation, coincido contigo en que plantea un tipo de crítica literaria que a mí también interesa pero que a la academia en ocasiones incomoda: la crítica creadora (que tanto defendió Paz, como mucho antes Wilde), de vuelos literarios.
Ahora que lo dices, creo que puedes tener razón respecto a que desde la academia ya se han denunciado todos los vicios mencionados por Krauze y Lemus; incluso lo hicieron José Luis Martínez y Antonio Alatorre. Sin embargo, Alex, tengo la impresión de que falta todavía más, que se escuche más fuerte la voz de los académicos que se niegan a escribir notas bibliográficas en lugar de “crítica”, ejercicio en el que lo principal es la lectura atenta, el riesgo y el compromiso.
Te recomiendo el siguiente texto, escrito por el ensayista Geney Beltrán: http://www.hojaporhoja.com.mx/articulo.php?central=1&numero=134&identificador=6808
Te mando un abrazo hasta allá. Saludos también a todo el equipo del Sully, a Miguel, a Harmodio, a Iván, etc.