Para recordar a ese gigante del cuento que fue Antón Chéjov (1860-1904), observador puntual de una realidad a la vez miserable y encantadora, el suplemento cultural Laberinto nos ofrece una reflexión sobre su obra dramática, unas anotaciones sobre el célebre cuento La dama del perrito y dos variaciones del mismo que ensayaron los narradores Armando Alanís y Geney Beltrán. Les recomiendo leer el dossier completo.
Transcribo las “Tres notas sobre La dama del perrito” que escribió Ana Clavel:
I
Si la historia comenzara por el final, o por lo menos con el supuesto final cuando Ana y Dimitri se preguntan angustiados cómo solucionar su historia de amor secreta. Porque ahí es donde los deja Chéjov en un relato con final abierto, sutilmente dramático, sin demasiados aspavientos. Quiroga, Cortázar, Samperio hablan de La dama del perrito como una pincelada maestra de vida. Cada vez que leo el cuento me provoca el mismo desasosiego: si la vida empezara no con el desconocimiento y la ilusión del primer encuentro. Si Ana y Dimitri poseyeran un Aleph, o si se hubieran topado con Chéjov en una de las calles de Yalta y lo hubieran confrontado como a un Dios inclemente, reclamándole: “¿Por qué nos has abandonado si hasta a Cristo le fue revelado lo que le esperaba?” Porque no hay verdadera libertad sin conocimiento. Decía Canetti que la falla de nuestras existencias es que fueran tan breves, que terminaran cuando apenas comenzamos a tener suficiente idea y conocimiento de las cosas. Pero la literatura y la mano de Dios parecen escribir con la misma pluma.
II
Para Stendhal el enamoramiento es una suerte de cristalización: uno arroja una ramita seca en una mina y tras algunos días, la ramita se halla cuajada de cristales iridiscentes. En un primer momento se nos describe a Ana Sergeyevna como una mujer distinguida, tocada con una boina, en compañía de un perrito blanco de Pomerania. Apenas verla, Dimitri Gurov sabe que es una mujer casada con hijos. Pero lo que realmente lo seduce es el descubrimiento de que «Algo hay de triste en esta mujer». En ese enigma es posible montar toda una pedrería sugestiva y poética. Y tanto es así que protagonista y lectores nos vemos fascinados por la imagen melancólica y tierna de esta mujer a pesar de que el propio Chéjov nos la describe después en la escena del teatro como una “mujercita sin atractivos de ninguna clase, perdida en la sociedad de provincia, con sus vulgares impertinentes”. Enamorado Gurov de la señora del perro, desestima las palabras de Chéjov que repican en su conciencia para reconocer que esa mujer “llenaba toda su vida; era su pena y su alegría, la única felicidad que ambicionaba, y al oír la música de la orquesta y el sonido de los pobres violines provincianos, pensó cuán encantadora era”. Un aire encantador con resabios de tristeza que en tiempos más cercanos he descubierto en la mirada de James Dean y Nicole Kidman, sólo que en ambos actores el efecto es producto de una falla física: miran inciertos a la cámara porque el mundo les resulta nebuloso sin los lentes.
III
Es de tal modo encantadora la presencia de Ana Sergeyevna que después de la primera escena no necesita más del perro blanco de Pomerania que la hace tan peculiar a los ojos de los parroquianos y visitantes de Yalta, que se refieren a ella, con admiración y curiosidad, como “la dama del perrito”. Al pomeranio sólo se le vuelve a mencionar cuando un año después del primer encuentro, Dimitri se decide a viajar a la ciudad donde vive Ana y buscar su casa. Entonces, con el “corazón latiéndole violentamente”, lo descubre salir con una mujer vieja de servicio. La primera vez que leí el relato lo hice en la sala de espera de un dentista y no pude saber a ciencia cierta qué tipo de perro era un “pomeranio”. He disfrutado varias veces su relectura, pero la palabra pomenario siguió siendo incierta para mí hasta redactar estas notas: formaba parte de ese horizonte de incertidumbres y sugerencias que un nombre ajeno contribuía a “dibujar desdibujando” el retrato de una mujer idealizada. Seguramente para los lectores contemporáneos de Chéjov el tipo de perro de su relato pintaba de un plumazo el tipo de heroína descrito. Le sugiero al lector que desconozca el término seguir en la indefinición: así la señora del perro y su pomeranio seguirán vaporosos, tenues e intangibles como los sueños. Ya lo sabían los antiguos: sólo en los momentos fugaces de felicidad y en los sueños, somos dioses.
