Quise esperar a que concluyeran las vacaciones de semana santa para recomendar el excelente texto que publicó el escritor Geney Beltrán, en el suplemento literario Laberinto. Con un estilo sobrio pero enérgico, Geney se aparta de la crítica de capilla, de las mezquinas y muy mexicanas filias y fobias de grupo, del corporativismo crítico, para leer, a su manera, el Diccionario… de Christopher Domínguez Michael. A continuación, algunos fragmentos:
“Ninguna lectura es ingenua ni objetiva: es siempre un acto de conocimiento moral, imbricado por las emociones y los prejuicios. Todos, sin exceptuar al crítico, leemos ingobernablemente. Y si el historiador enumera, el crítico escoge: en tanto moralista de lo literario, discurre sobre los autores que le sirven para ilustrar su concepto de lo que el fenómeno de la letra es o debiera ser. Como tal, aspira a la ejemplaridad de un canon delimitado, no a la multitud indistinta del directorio de teléfonos.”
“Con todo y ser un lector ingobernable, el crítico es un maestro de lectura, lo que vuelve a este género el único que debe tener un fin pedagógico: orientar sobre los valores de un texto, de modo tal que se muestre cómo la literatura, para serlo, ha de trascender lo retórico y lo estructural y significarse en tanto diálogo vivo.”
“La obra de los críticos debe ser, como la mejor literatura, la expresión de un temperamento.”
“Se echan de menos —corrijo: echo de menos— verdaderos ensayos, y no la sobria viñeta ni el resumen veloz, en torno de Seligson, Arredondo, Del Paso, Toscana o Francisco Hernández. Un caso: el ensayo sobre Elena Garro no hace justicia ni a la autora de Los recuerdos del porvenir ni al fuste crítico de Domínguez Michael, quien la señala en cuanto “la gran narradora mexicana del siglo pasado”, dictamen que comparto aunque no se condice con los argumentos, dedicados a dar coscorrones a la albacea literaria. Sus elogiosos juicios de Hiriart y Montes de Oca me han parecido sin sustento: son autores, digamos, que yo no incluiría en mi Diccionario crítico.”
“(…) Me permito una pregunta: finiquitada la polarización de dos grupos antagónicos, ¿hay mayor libertad para el crítico? ¿Ha terminado la era priista de nuestra vida literaria? ¿Es posible el perfil de un “maestro de lectura” que, consciente de la necesidad ética de la crítica, se desentienda de los compromisos de grupo y del temor al ninguneo, la pérdida de becas y los foros de publicación, con todo y que los lectores sigan sin aparecer? La realidad es adversa: la discusión respetuosa con argumentos no es una prerrogativa ecuménica de la condición humana.”
El texto completo puede leerse aquí.

Fuera de Tema: El Café descanza en paz para siempre. Gracias por tu participación. Tu amigo, GERARDO OSORNIO.
Qué tristeza Gerardo. ¡En lo que ha caído radiouas! Pero con esa dirección no podía esperarse otra cosa. No sé si haya otras, pero es la única radio cultural que conozco que censura y elimina programas de literatura como “El Café” y le restriega a su auditorio emotivas inauguraciones de baños de alguna preparatoria de alguna sindicatura. Es el tufo maldito de la provincia, diría el misántropo Enrique Martínez.
Saludos!
ya que tocan el tema del café, pues por qué no lo amlían y explican a qué se debió la censura.
que estén bien
La censura se debe a la estrechez mental de un hombre sin atributos que se desgarra por adular al poder con una indignidad creciente.
Saludos!!