
Heródoto, la invención del viaje*
Jacques Lacarrière**
Si hay una palabra superficial hoy día, gastada, y por así decirlo, tergiversada, esa es la palabra viaje. Hasta estas últimas décadas, podía referirse a una empresa aventurada, que la denominábamos expedición, exploración, brigada, cabalgata, periplo, odisea, o mejor aún, invención del mundo, en el sentido que antaño se le daba a esta palabra para querer decir: recorrerlo, conocerlo y describirlo. Sin embargo, cabe preguntarse si en estos tiempos todavía tiene sentido ir hacia un mundo que él mismo viene hacia nosotros, a nuestras casas, por medio de los periódicos, la radio y las imágenes de la televisión. A esta pregunta, ciertamente provocativa pero inevitable, contesto abiertamente que sí. Sí, el viaje siempre tiene sentido. Sobre todo si al regreso se cuenta, se relata, se escribe, se describe, se reinventan los lugares visitados, los seres encontrados, con la mirada nueva o renovada de nuestros tiempos. Contrariamente a lo que se lee y se escucha un poco en todos lados, contrario también a todo lo que puede pensar un pueblo frívolo –frívolo por sedentario-, quedan muchos lugares, seres y cosas por descubrir, por encontrar, por conocer mejor y, sobre todo, por difundir.
Este es el papel de los que hoy conocemos como travel writers o escritores viajeros, cuyos horizontes que tienen frente a sí los comparten con nosotros, como antiguamente lo hicieron en Grecia, hace más de veinticinco siglos, los llamados logógrafos o autores de relatos, de los cuales el más conocido fue Heródoto. Es imposible para mí pronunciar hoy la palabra viaje sin pensar en él, en su busto del museo de Nápoles con la frente marcada de arrugas que evocan las oleadas del Egeo y sus ojos mirando lo que nadie de nosotros pudo ver: los zigurats y los jardines colgantes de Babilonia, las barcas sobre el Nilo detrás de las procesiones rituales y otras mil cosas que son contadas de manera fiel y precisa en sus Informes. Porque así es como llamó a las extensas narraciones que escribió de sus lejanos viajes y de las cuales se puede decir que fueron, en su género, las primeras impresiones de un auténtico y asombroso logógrafo. Antes de él, se viajaba para hacer la guerra, fundar colonias o para comerciar. Él fue el primero en recorrer el mundo no griego –hasta Libia y Escitia- con el objetivo expreso y seguro de hacer que, gracias a sus relatos, “las obras de los hombres y sus acciones más memorables no queden jamás en el olvido”. Antes, era más un asunto de guerra, de sangre, de mujeres para raptar o violar y de cántaros para derramar. Después, viajar no será más sinónimo de rapto, de sangre, de enfrentamientos y de conquista, sino de múltiples y pacientes observaciones, de sabias y sutiles iniciaciones, de escuchas y aprendizajes. Heródoto no va más a Persia, Egipto o Babilonia para exponer y exportar las costumbres y la cultura de los griegos. ¡Gracias a Dios!, no existían aún ni la palabra misionero ni la palabra prosélito. No, Heródoto observa, retiene, anota todo lo que ve, oye, toca, respira, y también todo lo que adivina y presiente, en su intención declarada de contarlo y escribirlo para sus contemporáneos. Es así que su testimonio se vuelve irremplazable, en tanto su curiosidad abarca todos los dominios imaginables, desde la genealogía de los que edificaron las pirámides en Egipto, hasta los detalles menos atendidos de la vida cotidiana –indumentaria, peinados, gastronomía, manera de escribir, de contar, de jugar y también… ¡de orinar!
Además, en cualquier parte donde le fuera posible, Heródoto combatiría la guerra y sus causas. Para él, las guerras se deben antes que nada al desconocimiento que unos pueblos tienen de otros. A propósito de las guerras, en su pasaje sobre Lidia, hace decir al Rey Creso una de las frases más sorprendentes. Cuando Ciro, nuevo rey de Persia, le pregunta a Creso, cuál fue la idea que le llevó a hacerle la guerra, Creso le responde: “Rey, no soy yo el verdadero culpable, sino el dios de los griegos que me impulsó a luchar contra ti. ¿De otro modo, qué hombre sería lo bastante estúpido para hacer la guerra por propio capricho? En tiempos de paz, son los hijos quienes entierran a los padres, pero en la guerra los padres sepultan a los hijos”. Otra anécdota ilustra muy bien, a propósito de las diferentes costumbres humanas, la filosofía complaciente de Heródoto. Vemos: “Si se le propusiera a los hombres -escribe al final de su informe sobre Egipto- la experiencia de escoger de entre todas las costumbres del mundo aquellas que les parezcan mejores, cada uno elegiría seguramente las suyas. ¿Significa que están convencidos de que sus costumbres son necesariamente mejores? De ello, daré un solo ejemplo: en la época en que Darío reinaba sobre Persia, reunió a los griegos pertenecientes a su séquito y les preguntó a qué precio aceptarían ellos comer a su padre después de su muerte. “¡A ningún precio!, le respondieron. ¡Eso sería una cosa impensable!”. Darío hizo venir entonces a esos Indios de la tribu de los Calacias y, en presencia de los griegos, les preguntó a qué precio aceptarían ellos incinerar a su padre luego de su muerte. “¡A ningún precio!, exclamaron. ¡Sería un verdadero sacrilegio! Como se puede ver, las costumbres están tan arraigadas en cada pueblo que Píndaro tuvo mucha razón en escribir: Costumbre, oh reino del mundo.”
Por supuesto, estos ejemplos pueden parecer puras y simples banalidades. Sin embargo, es precisamente en aquella época, en la Grecia del siglo V antes de cristo, que se produjo, gracias a Heródoto, una auténtica revolución de la mirada. La mirada con que se puede ver a los otros y el sentido que toman de ahora en adelante los viajes. Después de Heródoto, y por poco que sintamos la misma curiosidad respecto del mundo y la misma necesidad de atestiguarlo, no se viajará nunca más como antes. Ya no se partirá para huir del prójimo, sino al contrario, para acercarnos a aquellos que creemos lejanos y para que el viaje por las extremidades de la tierra sea, al fin, el camino más corto entre un hombre y otro.
* Versión de Irad Nieto.
**Jacques Lacarrière (1925-2005), fue un ensayista y poeta francés, escritor de libros de viajes y traductor incansable de clásicos griegos. Dos de sus obras más conocidas son el Diccionario del amante de Grecia y De paseo con Heródoto.