Silke Scheuermann, La hora entre el perro y el lobo, Sexto Piso, primera edición, México, 2007, 116 pp.
Estética de la melancolía
Entrar en La hora entre el perro y el lobo, la primera novela de la muy premiada poetisa y cuentista alemana, Silke Scheuermann (Karlsruhe, 1973), es acceder a un mundo permanentemente encapotado, nostálgico como la Tristesse de Chopin, melancólico como un oscuro y largo invierno. Es el Francfort contemporáneo (DVDs, cajeros automáticos, euros, Internet) bajo una lluvia que no cesa: “[…] Desde hacía días que llovía así, los días empezaban tarde y terminaban temprano, afuera hacía un frío glacial, me movía de un lugar con clima artificial a otro. La alberca, la redacción, la biblioteca.”, dice la narradora, que jamás revela su nombre, pero deja la impronta de su melancolía desde las primeras páginas: “No soy nada. Nada más que una tenue silueta […] El enésimo reflejo de una vida que concluyó hace años, la copia desvergonzada de una primera frase.”
La hora entre el perro y el lobo es la historia de un reencuentro familiar, difícil como casi todos, indeseado por una de las partes como en muchos otros. Luego de haber estado varios años en el extranjero, la narradora, que escribe reportajes para una revista local, es encontrada en una alberca por su hermana Ines, una astuta y conocida pintora. El reencuentro no es amable. La narradora, que había estado en Roma estudiando Historia del arte, le niega el saludo a una hermana que admira, pero a la cual, al mismo tiempo, le guarda un resentimiento incubado desde su infancia (“[…] Yo había sido gorda e Ines era la princesa, mi princesa, y yo no era nadie, nadie especial.”). Pero Ines, egocéntrica y terca, insiste. Conforme avanza el relato en primera persona, la narradora va adentrándose en el universo, hasta ahora para ella desconocido, de una hermana a la que imagina exitosa y feliz. No obstante, se estrella con el entorno de una alcohólica: “[…] Y fui a la cocina. Ahí encontré una batería de botellas vacías, ron, whisky, todas las variedades posibles, abrí el refrigerador, donde un solitario limón fresco resplandecía bajo la luz. Todo esto no puede ser, pensé, y me asomé a la hielera, y, en efecto, una botella de vodka me cayó casi en los brazos”. Este hallazgo de un hábitat enfermo, lejos de apartar a la narradora de su hermana, la acerca: “[…] Era como si me estuviera mirando en un espejo”, el espejo roto de Ines, “iba yo comprendiendo las dimensiones de la catástrofe”.
Con esa paleta de grises que impone a sus palabras la gente triste, se nos va describiendo un asunto privado en el que además participa el novio (Kai) de Ines, recipiente de la desdicha de su pareja, y pronto también amante fugaz de la narradora, con quien entabla un juego de afecto y placer, más que de amor, en el que sumergen ambos sus cuerpos necesitados (“La ternura había tenido poco que ver en esta posesión recíproca”). Una práctica libre de la sexualidad que la periodista lleva a cabo, de igual manera, con un compañero de trabajo (“El éxito de una colaboración eficiente”). Así, los entresijos de la narración se desenvuelven entre el compromiso moral con la hermana, sellado por la sangre, y la relación con los dos hombres.
“La familia puede ser verdadera casa natal o un lívido infierno”, escribió Claudio Magris. Un “desayunadero de alacranes”, opinó, si no me equivoco, Octavio Paz; por lo mismo, un tema al que ha recurrido la literatura (Sófocles, Dostoievski, ¡Freud!, aunque se enojen los psicoanalistas) para asomarse al abismo de las relaciones fraternas entre Caínes y Abeles. En La hora entre el perro y el lobo, valiéndose del monólogo y en ocasiones del discurso indirecto libre, Silke Scheuermann vuelve al tema con una prosa sutil admirable, que evoca a Robert Walser. Sin embargo, la novela es, ante todo y únicamente: una narración bien escrita que abdica de hundirse en lo más profundo de la miseria humana de sus personajes, pasando a ser una obra más que está lejos de ser, como reza la publicidad de la contraportada, “una novela hermosísima, sensual y muy inteligente”. Más allá de una estética de la melancolía que congela de tristeza a las protagonistas, Silke Scheuermann desaprovechó la oportunidad para decirnos algo más sobre el manido tópico de los hermanos ante el desbarrancadero. Volvamos a Sófocles.

Gracias por la reseña, la disfruté mucho. Aunque el drama psicológico alemán no me atrae tanto.
Miriam:
Muchas gracias por tus comentarios. Te comento que un aspecto de esta novela, desde mi punto de vista cuestionable, es que no profundiza en la psicología de sus personajes, y la novela se prestaba para eso. Más bien hay cierta ligereza en los personajes. Creo que en lo que la autora se concentró fue solamente en sacar a pasear el olfato y la vista. Pero bueno, es la primera novela. Me gustaría conocer sus cuentos y poemas.
Saludos!!