Es un lugar común decir que la escritura se genera en soledad. Para que germine, uno propicia a su alrededor un espacio de distanciamiento con el mundo: se encastilla en su feudo. Sólo después, en un segundo tiempo, se siente la tentación de convocar al Otro, de soñar con una multitud de lectores posibles, para hacerlos partícipes de un ritual sin el cual el acto de escribir quedaría trunco. Hay dos tiempos para la escritura: el que exige el aislamiento y el que reclama la compañía. Quizás el segundo tiempo está implícito en el primero: a lo mejor es verdad eso de que escribimos para que nos quieran. Yo diría más: quien escribe se enlaza con la palabra como con un o una amante, prescindiendo de cualquier otra mirada. Sólo al concluir, y a veces no de inmediato, se insinúa la disposición a hacer público algo tan recatadamente privado.

(Los escritores y la critica, Julieta Campos)

¿Por qué será tan difícil, para quienes no escriben, entender las exigencias de esa amante celosa que es la escritura? El mundo parece estar organizado para extinguir, allí donde se levante, luminosa, cualquier flama de soledad. Y “escribir”, repetiré eternamente con María Zambrano, “es defender la soledad en que se está”. Por eso la escritura es, lo ha sido siempre, acción, acción política; un pasaje al acto. La escritura es la intervención política precedida por el respiro de la soledad. La vida del espíritu que reivindicaba Hanna Harendt es aquella del espectador activo, el que toma su distancia para comprender mejor los mecanismos de la comedia humana. El político debe actuar; el escritor debe hacerlo a su manera: escribiendo.

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